Emigrantes

Insisto: Aquí todos llegamos en patera. La historia de la humanidad es una sucesión infinita de desplazamientos a lo largo del planeta. En busca de comida, huyendo del frío, de las guerras… Todo lo demás, puro discurso ombliguista, egocéntrico, egoísta, racista…

Sin África

Los descubrí gracias a un atasco en medio de La Laguna. Yo estaba atrapado en una cola. Ellos, sentados en un muro de Padre Anchieta, viendo pasar la mañana.

Aunque vistieran de formas y colores diferentes, iban uniformados. La gorra de la sudadera hasta la nariz, camisetas, vaqueros y zapatillas deportivas.

Era una pandilla habitual de la zona. Sólo les diferenciaba su procedencia: eran inmigrantes. El color de su piel y el ancho de sus fosas nasales les delataba.

Quizás, lo que me llamó especialmente la atención fue la aparente tranquilidad de sus miradas. Inmóviles, perdidas en alguina parte que no fui capaz de divisar.

Un detalle de su vestimenta me dejó pensando. Bajo la sudadera abierta, uno de ellos llevaba una camiseta con el dibujo de un globo terráqueo. Se distinguían en él todos los continentes menos uno. Debajo de Europa no estaba África. Por allí se extendía la mancha azul de los océanos.

Carnaval de calle

Me gusta el Carnaval de la calle. Me gusta porque lo vi a escondidas en los años oscuros, cuando los grises corrían tras cualquier cosa que se moviera. Lo tenía cerca, porque fue en mi barrio donde se aletargó hasta que pudo desparramarse por toda la ciudad.
Me gusta el Carnaval de la calle porque invita a quitarte las caretas, a ser lo que te apetezca, a hablar con cualquiera, a bailar como y con quien quieras, a transformarte y reinventarte.

Me gusta el Carnaval porque en esos días el caos se apodera de las calles. Todo vale y nada molesta.

Me gusta el Carnaval por sus raíces anticlericales. Por rebelde y contestatario. Por antiinstitucional.

Es por eso que cada año me obligo a salir al menos una noche. Aunque no me apetezca. Saco las cajas de los disfraces, recombino pelucas y trapos viejos. Un poco de imaginación y, hala, a la calle. Nunca me arrepiento.