sin cambios

Al entrar al ascensor se cruzó con el vecino de cada mañana. Tras el saludo mecánico y somnoliento, comprobó legañoso que llevaban el mismo maletín.

En el tranvía vio decenas de miradas perdidas como la suya, más allá de los cristales, en pasajeros que vestían chaquetas idénticas.

La oficina estaba repleta de los mismos silencios, que tejían abismos entre operarios enfundados en camisas iguales.

A la hora del café, los locuaces de turno repitieron sus conocidas sentencias sobre temas manidos. Los demás, como cada día, asintieron.

De vuelta a casa, se cocinó la receta acostumbrada e ingirió su ración de programación favorita, con los famosos habituales contando sus tópicas miserias cotidianas.

Consumió lo que le quedaba de tarde poniendo en su sitio los restos de su caótico universo. La noche le sorprendió sintiéndose el mismo de siempre.