Tarde colorida de domingo

Lápices / JLH.

Una de las muchas cosas que trajo Saulo bajo el brazo fue la recuperación del placer de pintar, de colorear sin más. Si no llega a ser por él, quizás no hubiera recordado todo lo que me gusta y me relaja.

Últimamente, además, hemos descubierto los mandalas. Una especie de meditación que se basa precisamente en eso, en colorear formas habitualmente simétricas y circulares. Éstas, como suele pasar, arrastran un cuerpo teórico de lo más denso. Con sus reglas, interpretaciones y demás fanfarria. Nosotros, muy en nuestra línea, lo hacemos a nuestra bola. Coloreamos, que es lo que en realidad nos divierte. Veces ponemos música, veces hablamos, veces compartimos silencios o nos peleamos por el lápiz de ese preciso color que iba yo a coger en este justo instante. Ya saben, lo de siempre.

Si quieren profundizar en eso de los mandalas, Google lanza tropocientas direcciones en las que hartarse a información y bajarse diseños para pintar. Prueben. Es una actividad genial para apagar el televisor, los videojuegos o lo que se tercie, y compartir los colores de una tarde de domingo. Que aprovechen.

Anuncios

encuentros

Miramos para otra parte, damos pasos largos y hasta saltamos, jugando a esquivar lo que nos entorpece pero, a la vuelta de cualquier esquina, reaparece. Siempre reaparece.

Cambia de nombre, de rostro, de contexto, aunque en esencia es siempre el mismo. Aquel miedo que no supimos ni quisimos afrontar, ése que sigue girando en nuestra espiral, en busca de otro maldito encuentro.

Rafa Morales


Me entero tarde y me duele. Supe, poco y mal, de su enfermedad. Tuve la suerte de conocerlo en su hábitat, en las redacciones de los periódicos por las que siempre anduvo. Compartimos dos ya desaparecidas. La de la Gaceta de Las Palmas y, más tarde, la de Anarda.

Tuve la suerte, insisto, de descubrirlo codo a codo, teclado con teclado. Pero también de acceder a la persona. Al combativo y, por tanto, al inadaptado. Al de la sonrisa y al del cabreo. Al de la seguridad y al del miedo. Al jefe y al compañero. Al que afirmaba desde sus conocimientos y al que preguntaba sin complejos cuando dudaba. Al Rafa crítico y al elogiador.

En los medios de estas Islas, donde quien paga manda, fue siempre un elemento discordante. Y lo fue por coherencia, por fidelidad a sus ideas. Las mismas que le llevaron siendo todavía un niño a las cárceles franquistas. Las que le obligaron a vivir lejos de aquella España.

Rafa sorprendía por ser el rojo de siempre, por muchos años y modas que pasaran, cuando más falta hacía. Aunque nadie le siguiera. Por muchas puertas que les cerraran en las narices, que fueron muchas.

Jamás olvido, siempre lo cuento, aquella llamada mágica que me hizo en una época gris, con la que me sacó ilusionado del fango de una oscura redacción de hoja parroquial platanera, gracias a la que me sumó a la bonita aventura de Anarda. Fue sobre todo en aquella época cuando aprendí de él todo lo que fui capaz. Seguro que no lo suficiente.

Esto no es una necrología. Ni siquiera una despedida. Sólo el vómito que me causa encontrarme esta noticia, aunque esté pasada de fecha y haya envuelto ya algún que otro pescado.

Me echo otro cigarro contigo, Rafa, y brindo por ti, al tiempo que maldigo al puto cáncer, que ya me ha robado a tantos.

etiquetas


Al encontrarse, cada uno cubrió al otro con las etiquetas de sus respectivas historias, imaginarios y recuerdos.

Se inventaron encajando parecidos con familiares, viejos amigos, personajes literarios y otros amores olvidados.

Les llevó años deshacerse de tanto envoltorio. Sólo entonces, por fin, se descubrieron.