ternura

Besos salteados, caricias revolviendo el cabello, compartir un largo silencio, abrazos calentitos… Son temas de los que los varones de mi especie no suelen hablar, al menos entre ellos.

Para la mayoría de los machos humanos, el otro género es una composición más o menos equilibrada de curvas, agujeros en los que sentirse poderosos o, a lo sumo, donde recuperar la seguridad de la placenta perdida. Lo cierto es que suelen hablar del tema sin asomo de ternura, con una arrogancia que denota ansias de poder, victoria, posesión…

La mayoría de las mujeres sacaron provecho de la revolución ideológica iniciada por las sufragistas, profundizada por los movimientos de los sesenta y que comienzan a tomar forma jurídica en las últimas décadas. La mayoría de los hombres, educados en el control y el dominio, en la competitividad y la constante apariencia de éxito, continúan midiéndose el pene de forma compulsiva: con el número de ligoteos, la cilindrada de sus coches, las cifras de sus nóminas, las marcas de su relojes… Semejante anacronismo les impide estar a la altura de las nuevas circunstancias. El otro es siempre un competidor. Ellas, trofeos que conquistar. En fín, un cúmulo de frustraciones que algunos exteriorizan en violencia física que, en no pocos casos, tiene resultados letales.


El problema continúa siendo que la revolución sexual la han abanderado y protagonizado las mujeres. Nosotros, los hombres, hemos sido meros espectadores. Veces simpatizantes, veces reaccionarios. Cada cual se ha adaptado a su modo y no todos hemos encontrado la mejor de las maneras.

No creo en la guerra de géneros. Ni soporto discursos panfletarios repletos de eslóganes vacíos, aprendidos en los paseos de las mismas manifestaciones. Pero en este caso, que es vital, sí que nos hemos quedado muy rezagados.

Así que, a modo de introducción, les recomiendo a todas y, especialmente, a todos una buena dosis de ternura.

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especie


Hace mucho que tengo la sensación de que vivimos en capas diferentes de realidad. Y no en el sentido esotérico, que vete tú a saber. Me refiero a que, pese a compartir variables espacio temporales, cada cual viaja en su propia burbuja, entretenido en sus fantasías, percepciones y angustias particulares.

Sin ánimo de hacer odas al individualismo, desde la mesa de tu ordenador, si miras a los compañeros que te rodean, ahí mismo, cada mañana, en tu lugar de trabajo, ¿con cuántos compartes algo realmente sigfnificativo? Y no hablo del pagador de la nómina, la marca de pantalones, el agobio del lejano fin de mes. En tu edificio o en tu calle, ¿son muchos con quienes intercambias algo más que la tradicional percepción climatológica, las tres copas del Barça o el mira tú lo que cuenta el periódico esta mañana? El digital, claro, que el otro ya no lo compra nadie. Con la persona que tienes cada noche al otro lado de tu cama, ¿cuántas veces compartes más que las sábanas?

Vamos como cochitos de choque. Monoplazas, por supuesto. Cada uno a su bola, a su ritmo, con su presunta dirección y sinsentido. De vez en cuando nos topamos, ponemos el automático para resolver el encuentro y, hala, cada uno sigue con su disparate personalizado.

No tengo ni la más remota idea de si los humanos somos así por naturaleza o si fue la gallina la que hizo semejante huevo. Por lo poco que he visto, el sálvese quien pueda resuena bajo todos los himnos y banderas.

Al final, tengo la seria sospecha de que esta doble capa de grasienta indiferencia que nos untamos para deambular entre coetáneos no es más que un airbag. Pura defensa personal.

Con todo, no está mal desprenderse de ella de vez en cuando, aunque sólo sea para sentir el fresco en la cara, sacudirnos las legañas y no perder para siempre el sentimiento de vinculación a la especie.

Jeroglífico

Este señor tiene tremenda afición por querellarse contra todo el que se mueva a ritmo diferente al que él marca. Incluso contra quienes, en el ejercicio de su profesión, hablan de sus bailes.

Sé que no me leerá. Ni siquiera sospecha que existo. No soy más que un ciudadano, una categoría vacante en su imaginario, en su infrarrealidad de enredos palaciegos y otras traiciones. Pero no ando yo para jugármela por mis opiniones sobre el caciquismo, la arrogancia y la honradez de los responsables políticos de estas ínsulas.

Así que lo mejor será que ustedes solitos descifren el jeroglífico. La pregunta: ¿Qué tienen en común Andrés Calamaro y el Vice de Canarias?

Cosas insignificantes

Al pasar por el cine hace unos días, mientras el semáforo se mantuvo en rojo, haciendo el recorrido habitual por la cartelera, me atrapó Cosas insignificantes.

No tenía ninguna referencia. No había visto ni leído crítica alguna. Ni siquiera, desde aquella distancia, fui capaz de distinguir al director. Pero sí tenía claro que quería verla.

Así lo hice el pasado fin de semana. En otro cine y otra isla, pero la vi.

La película de Guillermo del Toro resultó ser una trenza de personajes inconexos, habitantes de la misma ciudad que arrastran el silencio de saberse artífices de una traición contra personas a las que quieren.

Si bien al principio me resultó un poco lenta, a medida que avanzaba fue ganando ritmo, con un uso magistral de los tiempos narrativos.

Sospecho que el director propone algo parecido a una moraleja optimista, vitalista, pero yo salí del cine con sabor a tristeza.

Hay que verla. De lo mejor que he encontrado en los últimos meses que, dicho sea de paso, no ha sido mucho ni muy bueno.

Sonrisas

Hay sonrisas que envuelven, que abrazan, que cubren el mundo exterior de una turbia nebulosa, creando reservas de afecto y calma.

Hay sonrisas que abren puertas, que liquidan obstáculos e invitan a seguir avanzando. Otras tocan a la puerta para vender. Para venderte y ser vendidos.

Algunos rostros risueños ofertan desconfianza, resabidos, arrogantes. Pero también los hay que saben mentir y enredar, ablandando el camino con un gesto vacío, hasta acomodarte entre plumas. Es entonces cuando te inyectan el veneno de su lengua viperina.

Hay sonrisas gratuitas. Sinceras. Que no venden ni maquillan tristezas. Que no te miden ni te chequean, que no calculan tantos por ciento. Las que se regalan sin más. Ésas son las imprescindibles.

Contando con Benedetti

Benedetti entró en mi casa de la mano de mis hermanas. Volvían por vacaciones de la universidad y entre sus cosas traían un ejemplar de El Loco, de Gibran Khalil Gibran, y de Poemas de Otros, de Benedetti. No eran regalos para mí pero, no sé bien cómo, llegaron hasta mi cuarto y se quedaron. Todavía andan conmigo, a pesar de las muchas mudanzas y todo lo que se va perdiendo por el camino.

El ritmo y las cadencias del uruguayo asaltaron mis textos durante muchos años. Imposible no intentar imitarlo, con su sencillez y transparencia. También nací en septiembre y soy asmático, pero eso no basta.

Nacha Guevara fue la primera a la que escuché cantar sus versos. Antes de que se hiciera rockera, claro. Después, a Serrat y otros muchos.

A Benedetti lo vi por primera vez junto a Viglietti. Creo que fue en el Teatro Pérez Galdós, precisamente con el espectáculo que encontré en el youtube. Años más tarde, en el Paraninfo de La Laguna lo invitaron para conmemorar un día de Canarias y una independentista arremetió contra él por dejarse utilizar en semejante acto colonial. El hombre, asombrado, confesó su desconocimiento de todo lo que le achacaba a gritos, con ese aspecto sencillo, de eterno oficinista, en las antípodas del boato de otros intelectualoides al uso.

Me asomé a sus novelas y a sus cuentos aunque, como la mayoría, me quedo con sus poemas. Con Inventario I, para ser exactos. Me los quedo para siempre, pues seguiré contando con él, y no hasta dos ni hasta tres, sino contando con Benedetti.

Desde el primero, hasta el último


Desde el primer aborigen hasta el último inmigrante, pasando por conquistadores, directivos de multinacionales, turistas y, por supuesto, la descendencia resultante de todas sus mezclas y combinaciones. Todos llegamos hasta aquí, a estas islas volcánicas, a bordo de nuestras respectivas naves. En las mismas sobre las que salimos cuando nos aprieta el hambre.