andar

Tenía un montón de sueños olvidados,

los bolsillos agujereados
y unas piernas acostumbradas a no parar de caminar.

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Como cada mañana

Salió de casa como cada mañana. Al volente, mientras la costumbre guiaba el coche, la cabeza le iba y le venía entre situaciones del día anterior y las tareas programadas para la jornada que empezaba.

Al llegar a aquel maldito cruce, una vez más, volvió a asustarle otro coche que no respetaba el stop. Cerró los ojos y aceleró.

Pasado el sobresalto, masculladas las maldiciones de rigor, continuó con la ruta y la rutina. Incluidos los veinte minutos de búsqueda de aparcamiento por las proximidades de la oficina.

Fue en la primera reunión con los compañeros, tomando el café de la mañana, cuando le sobrevino un incómodo pitido en la cabeza. Lo dejó inmovilizado por el dolor. Desorientado. Pasó a los pocos segundos, como una leve interferencia en un viejo receptor de radio.

Prosiguió la mañana. Horas de ordenador, teléfono, reuniones con clientes y proveedores… Cuando ya se disponía a apagar su terminal para el descanso del mediodía, volvió a sentir, ahora con más fuerza, aquel incómodo zumbido. Esta vez duró algo más y hasta le cegó durante unos minutos. Sacudió la cabeza y, quizás por eso o por pura casualidad, recuperó la normalidad.

Comió ligero. Ensalada de frutas, otra dosis de café y de vuelta al trabajo.

Las tardes son siempre más relajadas. Sin apenas interrupciones. Ya casi nadie trabaja a esas horas. Así que solía aprovechar para adelantar, redactar proyectos, organizar y supervisar informes.

Estaba concentrado en uno de aquellos papeles cuando, por tercera vez, le asaltó el mismo dolor.

Despertó en un hospital. Desnudo y entubado. Indefenso. Envuelto en sábanas ásperas y una luz amarillenta, artificial.

Enseguida se le acercó una mujer vestida de blanco. Recolocándole la cama, con una amplia y profesional sonrisa, le contó que, a primera hora de la mañana del día anterior, había sufrido un accidente de tráfico. En un cruce próximo a su casa cuando, como cada mañana, se trasladaba al trabajo.

entre burbujas

Ingrávido, disfrutaba del silencio entre el cosquilleo de las burbujas que le corrían por el cuerpo.

Pero en seguida le faltó el aire, así que no le quedó más remedio que emerger, volver al bullicio de la playa abarrotada de turistas, domingueros y cemento.

Noches

Se tumbó a dormir con todo el peso de su cansancio. Pasados unos segundos de somnolencia, despertó por un cosquilleo. Decenas de personajes trepaban por las patas de la cama, representando escenas ya vividas, hablando al unísono, acosándolo, sin darle margen de respuesta.

Cuando se dio cuenta, gesticulaba con vehemencia, emitiendo sonidos incomprensibles, en un burdo intento de resolver de otra manera aquellos conflictos ya pasados.

Fue entonces cuando comenzó a sentir que el colchón se agrietaba. Bajo su cuerpo se abrían enormes acantilados, de los que pendía saturado de náuseas y vértigo.

Era una de esas noches en las que la vida da miedo.
Mucho miedo.

Nada que no pudiera solucionar un buen día siguiente.

Despedido por falta de "feeling"


Ojeando noticias por Internet, en este lunes de gripe estival, me encuentro con el tal Guardiola argumentando que quiere deshacerse del tal Etóo no por su fútbol, sino por falta de “
feeling“.

El anglicismo en cuestión hace mucho que me toca las narices.
De fútbol tampoco entiendo ni papa.


Lo que me llamó la atención de la noticia fue que haya patentado una nueva causa de despido. En estos tiempos que corren, si se entera la CEOE.

Aunque, pensándolo mejor, ojalá se enteraran. Sí, el empresariado y sus cargos intermedios. Ésos que continúan obviando la inteligencia emocional y la empatía. Quienes todavía mantienen que la producción aumenta trabajando bajo presión, a disgusto. Quienes se esmeran en que nadie se lleve bien, favoreciendo intrigas, favoritismos, peloteos… Quienes ven en el trabajo en equipo la excusa perfecta para no trabajar. O la ocasión idónea para inflar su autoestima y pisotear la ajena. Quienes lo utilizan de retrete donde vomitar sus frustraciones extralaborales…

Ésos, y muchos más.

PD
Agradezco a Guardiola la entradilla para esta reflexión pero, ¿saben?, en el fondo no me creo ese rollo suyo del “
feeling“. Me pega que todo es mucho más economicista. Que los del Barça ya aprendieron con Ronaldiño y sospechan que, si lo mantienen un año más, ya no lo venderán ni a tres duros.