dar

Hace mucho que me convencí: La generosidad es otra forma de egoísmo.

Los hay que dan bajo luz y taquígrafos, en busca del reconocimiento social y la exaltación pública de su propio ego.

Quienes lo hacen en privado, no son diferentes. Sólo que a éstos les basta con la satisfacción personal de compartir. Que ya es bastante. Máxime cuando tiene un matiz seudoclandestino. Hasta el no contarlo tiene su morbo.

Hay veces en las que te vacías esperando que te devuelvan, a modo de trueque, lo que esperabas. Este altruismo hunde sus pies en el conductismo. A cambio de estímulos positivos, aguarda una respuesta satisfactoria, premeditada. En la mayoría de las ocasiones provoca tremenda frustración.

La caridad de los religiosos es más de lo mismo, salvo que éstos esperan como respuesta un regalo divino, un premio en el más allá. No se trata de resolver el problema, sino de asegurarse parcelas de felicidad tras la muerte. O algo así.

Desmitificado el verbo dar, es preciso reivindicar sus valores o, si fuera posible, reinventarlos, frente al comprar, vender, chantajear, robar, machacar y otras infinitas formas de explotación al uso.

Me gusta imaginar que, al dar, podría ocurrir un efecto en cadena, como las fichas del dominó. Que, de pronto, el receptor de la donación se contagia y le da por hacer lo mismo con otros que encuentra. Y éstos a otros… Así, hasta el infinito. De este modo, sin más esfuerzo, se inunda de buen rollo la galaxia.

En mi sueño, el altruismo también espera algo a cambio. Aunque sea gratis, por muy esotérico que resulte.

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Burbujas

Llegó rodando hacia mí, redonda y transparente.

Intercambiamos reflejos, haciendo fácil y divertido flotar a su ritmo, que también es el mío.

Se la ve cómoda. Repleta de matices.

De vez en cuando rozamos levemente las superficies, aun a riesgo de explotar, en tímidos intentos de descifrar la esencia que rellena nuestras burbujas.

volar desnudo

Anoche soñé que volaba. Pero lo hacía a pelo. Sin motor ni alas ni nada que se le pareciera. Yo mismo. Tanto, que hasta iba desnudo.

No lo hacía demasiado alto. Como a la altura de una cometa o algo así. Lo suficiente para poder juguetear, dando giros, subidas y bajadas.

Volaba por encima de las cabezas de la gente. Algunos conocidos. Otros no.

Lo curioso del sueño era que quienes me veían no se asombraban por verme volar. No, por eso no. Se escandalizaban porque lo hacía desnudo.

El cuento de Ibrahima

Hoy reafirmé la esperanza, la creencia en que es posible la existencia de espacios, por pequeños que sean, de convivencia y solidaridad.

Tuve ocasión de participar en un encuentro de jóvenes procedentes de distintos puntos de Estado con chicos que, tras atravesar el océano en patera, viven en distintos centros de inmigrantes de Tenerife.

El lugar de reunión fue la playa de Las Teresitas. Los primeros en llegar: un grupo de emigrantes y yo. Uno de los más jóvenes parecía aburrido, así que para entretener la espera le propuse que jugáramos a eso que ahora llaman frisby, al disco de lanzar de toda la vida, vaya.

Sin darnos cuenta echamos un buen rato sin hablar y, casi al final, nos presentamos. Ibrahima, se llama. Cuando llegaron todos, nos dimos un baño. Ahí estaba él, a mi lado, silencioso.

Llegó el momento de que todos los participantes se conocieran. Cuando le tocó el turno, dijo su nombre, su edad (16 años), país de procedencia y finalmente añadió: “Estoy encantado de compartir esta tarde con todos ustedes”.

Las horas pasaron y el grupo, al principio separado por razas, se fue mestizando entre risas, balones, baños y carreras.

Cuando ya tocaba recoger, se me antojó regalarle mis gafas de nadar con las que Ibrahima se había entretenido un buen rato chapoteando en el agua.

A los pocos minutos se me acercó y me obsequió unos folios. “Es un cuento mío. Es para ti”, me dijo.

Con su permiso, lo reproduzco íntegramente en este blog. Todo es suyo, incluida la moraleja y la postdata.

La cesta de la pesca del señor Hiena y el señor Liebre

Erase una vez dos animales que se fueron a pescar: El señor Hiena y el señor Liebre. Se quedaron pescando todo el día.

Señor Hiena llenó su cesta de pescado mientras que la cesta de señor Liebre se quedó vacía. El señor Liebre, hambriento, se esperaba a que, al despedirse, el señor Hiena le propusiera algunos de los suyos, pero el señor Hiena se fue así, sin más.

La Hiena era más fuerte pero la liebre se sabía más inteligente. Así que sabiendo que el señor Hiena no compartiría nunca su cesta, elaboró un plan.

El señor Liebre corrió a esconderse en el bosque y se adelantó sobre el camino de regreso del señor Hiena. Se tiró en medio del camino y esperó inerte a que pasara el señor Hiena. Cuando la Hiena llegó con su cesta de pescado y lo vio, pensó en voz alta:

– “¡Ah, esto sí que es carne buena! Pero… no me la puedo llevar porque ya estoy demasiado cargado con esta cesta de pescado.”

Dejó al conejo y siguió su camino. En cuanto se alejó, el conejo se puso en pie y cogió un atajo para adelantarlo de nuevo y se tiró en medio del camino simulando otra vez su muerte.

Cuando el señor Hiena llegó con su cesta de pescado y vio a la liebre muerta pensó en voz alta:

– “Otra vez ¡Otra apetitosa cena! Pero… pero sigo sin poder llevármela… grrr ¡Qué pena! Y siguió su camino bastante decepcionado.

En cuanto lo vio irse, el señor Liebre, muy astuto, volvió a adelantarse y se puso en posición. Al verlo otra vez, no pudo impedirse exclamar:

– “¡Pa… pa… pa…, esto parece mentira, ya es la tercera vez que voy a tener que dejar una apetitosa liebre por culpa de esta cesta de pescado”.

Se puso a pensar y, en voz alta, se dijo a sí mismo:

– “Pues dejaré mi cesta aquí y vendré a buscarla luego”. Y pensándoselo mejor, añadió: “Aprovecharé e iré a buscar las otras dos liebres primero”.

De esta manera abandonó ingenuamente su cesta y se fue. No hace falta decirles que el señor Hiena no volvió a ver nunca más su cesta de pescado ni tampoco a las liebres.

La moraleja de esta historia es que cuando uno se deja tentar demasiado con la vista acaba comiendo poco, no hay que ser demasiado goloso.

Ibrahima Sadio Diallo
“Uso los animales para educar a los hombres

Lo que mamamos

Lo que mamamos.
No somos más.
Ni más ni menos.

Estos días he conocido a un joven sin rostro, sin expresión. No, me equivoco. Sí que expresa. Pero sólo transmite reto. Pugna. Con el entrecejo siempre a la defensiva. Listo para atacar.

No percibe el afecto ni la atención positiva. Sólo sabe y se recrea en reclamar protagonismo de modo agresivo. Trasgrediendo cualquier norma básica de convivencia. Es su manera de sentirse vivo.

Rechaza todo intento de acercamiento amistoso. Le divierte más liarla para que acudan a reprimirlo. Es en ese escenario donde se desenvuelve con soltura. Es entonces cuando defiende a gritos y empujones que su libertad y derechos no tienen límites, que sólo acaban donde se machacan los del resto.

¿No prestarle atención? Sí, ya lo había pensado. Pero, me queda una duda: ¿hasta donde será capaz de llegar para acaparar ese protagonismo que tanto necesita?

No sé mucho de su vida, de lo que ha mamado. Aunque no hace mucha falta. Es fácil de imaginar.

Días de frases sueltas.

Estoy en días de frases sueltas. Regurgito momentos en forma de oraciones y paso horas rumiando, reconstruyendo, reinventando, buscándoles algún sentido.


En sueños, una desconocida me dice que arriesgo demasiado. Cargada de seguridad insiste en que siempre lo hago.

Una vez despierto, alguien presume de conocerme tal como soy.

Ese día me encuentro con un amigo en la misma conclusión: lo malo no es que te roben un proyecto. Lo que en realidad da lástima es que lo materialicen tan mal, que le quiten el alma y no vaya más allá de una tremenda horterada.

Por su parte, Saulo me apunta con su tangible realidad de cinco años para, directo al pecho, dispararme un ¿por qué no pasas más tiempo conmigo? Últimamente nos vemos muy poco y te echo de menos.

Con otros seres, en cambio, entrelazo frases huecas y sin sentido que soy incapaz de recordar. Por muchas horas que conversemos, no hacemos más que quemar minutos, empujar el día para que pase más rápido.

Será.