Historias de Rapaos y de Crestas (I)

Los Rapaos.
Los Rapaos son gente dura. Dura y con mucho tiempo libre. Son seres asistemáticos, pero no por asimétricos ni antisistema. Al menos no políticamente hablando. En realidad, lo que se dice hablar, hablan poco.

Los Rapaos, y digo “los” porque son todos varones, muy varones, siempre actúan en bandada. Aunque no sé si la comparación es la más correcta pues, más que aves, parecen abejas. Más que un grupo, son un enjambre. Se mueven juntos, siempre en jerarquía, algo que se preocupan en marcar a golpes y gritos también entre ellos. Cuando alguno se separa y va en solitario, se desnaturaliza. Si no fuera por su aspecto, hasta pasaría desapercibido.

Los rapaos se hicieron duros a puñetazos. Y así se saludan y comunican. Se abren paso por la vida a empujones. Se sienten vivos en la bronca. La paz les hace sentir indefensos, inseguros, invisibles.

Gustan lucir sus abdominales y sus brazos tatuados, curtidos en mil batallas. Adornan sus cabezas con figuras de geometría imposible, teñidas de mil colores. Con semejantes diseños disfrazan sus rostros de niños tristes, malqueridos, de amenazadores ambulantes. Mientras, lían sus días en papelillos, a la sombra de cualquier laurel que les cobije.

Crestas.
Los Crestas comparten los mundos de los Rapaos, aunque transitan por dimensiones diferentes. Éstos, entre los que también hay mujeres, no crecieron a golpes, es por eso que son gente pacífica.

Igual que los primeros, cuidan de su imagen. Van uniformados, pero no se calcan y hasta se diferencian.

Los Crestas saben reír. Tienen sus miedos, como todos, pero se atreven a arrastrarlos hasta lugares donde, sospechan, encontrarán materiales para mestizarlos, malearlos o, en el peor de los casos, enterrarlos y no molesten.

La alfombra voladora


Ayer fue mi cumpleaños, por eso Saulo me regaló una alfombra mágica adornada con una estrella gigante.

Paseamos juntos cerca del sol. Él, a bordo de un monopatín supersónico. Yo, en mi nueva alfombra.

Con la emoción, hasta se me cayó el papel de regalo al suelo.

Hoy me regalaron una mañana de playa. Otra genialidad.

Sin tiempo

Aquel planeta, como todos, giraba sobre su propio eje y daba vueltas alrededor de una estrella. Así y todo, a ninguno de sus moradores le dio por medir ni dar nombre a esos recorridos. Eso que aquí llamamos tiempo, allí, sencillamente, no existía. A nadie se le había ocurrido tal cosa.

En aquel lugar nadie llegaba tarde. No habían tenido que inventar las horas de descanso, pues tampoco existían las de trabajo. Hacían lo que les apetecía cuando y mientras les duraran las ganas. La gente nacía, crecía e iba tomando formas diversas, cada una a su ritmo.

Los actos no se convocaban, surgían. La gente se encontraba en cualquier sitio y, como no conocían la prisa, hablaban, jugaban, se acompañaban, compartían o se despedían, aunque nunca supieran hasta cuando.

Había épocas de frío y otras de más calor. Si se sucedían o alternaban, nadie lo sabía. Mucho menos con qué frecuencia. Ni qué era exactamente eso, la frecuencia. Total, ¿para qué?

No recuerdo cuándo llegué a aquel planeta. No tengo noción de cuánto estuve allí. Ni siquiera me queda del todo claro en qué momento ni por qué decidí marcharme. ¿O fue que volví? Tampoco sé qué ocurrió antes, después o quizás justo lo contrario.

tutear

Qué chorrada. Dice el defensor del Pueblo que permitir al alumnado que tutee al profesorado es una falta de respeto. Sigo ojeando la ciberprensa y me encuentro con que el origen del botellón está en la falta de autoridad de padres y profesores.

Esta brisa añeja me dispara las alergias. Y yo echándole la culpa a la proximidad del otoño. Ya me vale.

Imponerse a un grupo subiéndose a una tarima es de lo más sencillo. Se dibuja la jerarquía, se marcan los roles y justo ahí, en la cima de la cúspide, se acomoda el profesor o el adulto en cuestión. Con este modelo, el que mamamos tantas y tantas generaciones, se fabrican clones sumisos o, por defecto, rebeldes antisociales. Las cosas de la dialéctica.

Si lo que deseamos es propiciar generaciones de ciudadanos críticos, respetuosos con sus iguales, participativos y democráticos, el modelo del señor Múgica no vale. Lo lamento.

Estoy de acuerdo en que tras las décadas de la letra que con sangre entra, se produjo una catarsis antagónica que colocó en la cima de la pirámide al alumnado. Confundió lo de centrar el proceso educativo en el educando con permitir que los menores hagan lo que les venga en gana. Así tampoco funciona la cosa.

Los límites son siempre necesarios, hasta en las mejores relaciones. La diferencia está en que no basta con imponerlos. Lo que hace falta es trabajar para que se comprendan y, sobre todo, para que se asimile que son imprescindibles. Claro que esto supone un largo y no siempre gratificante trabajo.

Son las viejas diferencias entre el conductismo y el cognitivismo, ¿se acuerdan?. El “me haces caso o te parto la cara” frente al hacer comprender porqué no tienes que pisotear a tus semejantes, descubriendo y reinventando la convivencia. El respeto no se impone. Se gana. Y vaya si cuesta.

El origen del botellón, se me antoja, quizás lo encontremos en la ausencia de alternativas de ocio asequible para los jóvenes. Y no sólo de ocio. Básicamente de futuro. Estamos ante generaciones que constatan que el éxito en el sistema educativo no garantiza un hueco en el mercado laboral. Mucho menos un sueldo digno, una cifra que dé para pagar los gastos mínimos de subsistencia. Criados en el engranaje de una máquina tragaperras, donde todo se compra y se vende, pero sin las monedas necesarias para obtener todo aquello con lo que los sobreestimulan constantemente. En cada canal de televisión, en cada programa, en cada banner…

Yo rebuscaría por otros lares, la verdad, más que andar refundando mohosas pedagogías con tufo a rancio. Que los ácaros no son buena compañía, señor Múgica.

PD:
El ministro responde.

sonidos de Tokio

A la nueva película de Coixet le sobra la voz en off del narrador. El auto-doblaje de Sergi López es pésimo. Y algunos diálogos quedarían mejor en silencios.

Dicho esto, aclaro que no me disgustó.

Me encantaron la protagonista y el técnico de sonido. Especialmente, su relación: dos solitarios asociales que se reúnen para compartir silencios y sonidos.

La estética, también. Los encuadres y el ritmo de las imágenes. Algunas de las localizaciones son fantásticas. El hotel es genial. La banda sonora tiene su gracia, así como esas terapias en espacios públicos por los que deambulan los protagonistas.

Ya he contado demasiado. Mejor la ven, la digieren y me dicen.

visiones

Hay noches que invitan a correr
a dejar que las luces de las farolas se unan tras la espalda
dibujando una estela que hilvane imágenes veloces,
recuerdos y preguntas
.

Entre el viento y las emociones
todo se licúa
quedando apenas unas motas de luz salpicando el fondo
que, en esas noches, siempre está oscuro.