Sin tiempo

Aquel planeta, como todos, giraba sobre su propio eje y daba vueltas alrededor de una estrella. Así y todo, a ninguno de sus moradores le dio por medir ni dar nombre a esos recorridos. Eso que aquí llamamos tiempo, allí, sencillamente, no existía. A nadie se le había ocurrido tal cosa.

En aquel lugar nadie llegaba tarde. No habían tenido que inventar las horas de descanso, pues tampoco existían las de trabajo. Hacían lo que les apetecía cuando y mientras les duraran las ganas. La gente nacía, crecía e iba tomando formas diversas, cada una a su ritmo.

Los actos no se convocaban, surgían. La gente se encontraba en cualquier sitio y, como no conocían la prisa, hablaban, jugaban, se acompañaban, compartían o se despedían, aunque nunca supieran hasta cuando.

Había épocas de frío y otras de más calor. Si se sucedían o alternaban, nadie lo sabía. Mucho menos con qué frecuencia. Ni qué era exactamente eso, la frecuencia. Total, ¿para qué?

No recuerdo cuándo llegué a aquel planeta. No tengo noción de cuánto estuve allí. Ni siquiera me queda del todo claro en qué momento ni por qué decidí marcharme. ¿O fue que volví? Tampoco sé qué ocurrió antes, después o quizás justo lo contrario.

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