tutear

Qué chorrada. Dice el defensor del Pueblo que permitir al alumnado que tutee al profesorado es una falta de respeto. Sigo ojeando la ciberprensa y me encuentro con que el origen del botellón está en la falta de autoridad de padres y profesores.

Esta brisa añeja me dispara las alergias. Y yo echándole la culpa a la proximidad del otoño. Ya me vale.

Imponerse a un grupo subiéndose a una tarima es de lo más sencillo. Se dibuja la jerarquía, se marcan los roles y justo ahí, en la cima de la cúspide, se acomoda el profesor o el adulto en cuestión. Con este modelo, el que mamamos tantas y tantas generaciones, se fabrican clones sumisos o, por defecto, rebeldes antisociales. Las cosas de la dialéctica.

Si lo que deseamos es propiciar generaciones de ciudadanos críticos, respetuosos con sus iguales, participativos y democráticos, el modelo del señor Múgica no vale. Lo lamento.

Estoy de acuerdo en que tras las décadas de la letra que con sangre entra, se produjo una catarsis antagónica que colocó en la cima de la pirámide al alumnado. Confundió lo de centrar el proceso educativo en el educando con permitir que los menores hagan lo que les venga en gana. Así tampoco funciona la cosa.

Los límites son siempre necesarios, hasta en las mejores relaciones. La diferencia está en que no basta con imponerlos. Lo que hace falta es trabajar para que se comprendan y, sobre todo, para que se asimile que son imprescindibles. Claro que esto supone un largo y no siempre gratificante trabajo.

Son las viejas diferencias entre el conductismo y el cognitivismo, ¿se acuerdan?. El “me haces caso o te parto la cara” frente al hacer comprender porqué no tienes que pisotear a tus semejantes, descubriendo y reinventando la convivencia. El respeto no se impone. Se gana. Y vaya si cuesta.

El origen del botellón, se me antoja, quizás lo encontremos en la ausencia de alternativas de ocio asequible para los jóvenes. Y no sólo de ocio. Básicamente de futuro. Estamos ante generaciones que constatan que el éxito en el sistema educativo no garantiza un hueco en el mercado laboral. Mucho menos un sueldo digno, una cifra que dé para pagar los gastos mínimos de subsistencia. Criados en el engranaje de una máquina tragaperras, donde todo se compra y se vende, pero sin las monedas necesarias para obtener todo aquello con lo que los sobreestimulan constantemente. En cada canal de televisión, en cada programa, en cada banner…

Yo rebuscaría por otros lares, la verdad, más que andar refundando mohosas pedagogías con tufo a rancio. Que los ácaros no son buena compañía, señor Múgica.

PD:
El ministro responde.

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