noche de hotel

No sé con qué soñaba en aquellas primeras horas de descanso nocturno, sólo tengo constancia de haberme despertado de pronto. Todo estaba muy oscuro, apenas entraba luz por la puerta de la terraza. Fue por eso que me ocupó unos segundos reconocer que se trataba de la habitación de aquel hotel. Un instante más tarde identifiqué el sonido que me sobresaltó.
No entendí el idioma. De algún país del este de Europa, quizás. Daba igual. Las entonaciones no dejaban dudas sobre lo que estaba ocurriendo

¿Escuchas?, pregunté. “Sí, los oigo desde hace un rato”, dijo Ana.
Un varón vociferaba enfadado, con tono de reprimenda. Su discurso se salpicaba de golpes, ¿contra las paredes?, de muebles arrastrados, de miedo… Él gritaba enloquecido, con esa voz quejumbrosa del animal herido que arrasa ciego contra todo lo que se le ponga por delante.
A ella apenas se le escuchó en una o dos ocasiones. Se defendía con gritos de rabia, aunque algo dejaba intuir que no era ésta la primera función a la que acudía, que ya sabía de los espectáculos de su acompañante.

Descolgué el teléfono e informé a recepción de lo que estábamos siendo testigos. Unos minutos después volvió el silencio a aquel edificio del centro de Madrid. En nuestras cabezas, los gritos de esa madrugada siguieron retumbando, construyendo escenas y argumentos.
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