agua

Los blogueros del mundo se han unido para realizar una acción global y escribir hoy  sobre el agua. Me parece una idea genial. Claro que, como nunca me gustó escribir por encargo, al ponerme a la tarea me encuentro espeso, falto de ideas, de originalidad para no correr el riesgo de repetirme entre tanto oráculo de la Red, a quienes, sinceramente, procuro no visitar ni, mucho menos, leer, no sea que me dé por plagiarlos o contaminarme.
Haré el esfuerzo porque la idea es buena, especialmente por la temática. Hartos estamos de escuchar bocas llenas de grandes palabras en pro de la generalización de la educación como motor de desarrollo. La educación y la cultura occidental, a ésa se refieren, por supuesto, lo que no deja de ser otra versión más del viejo colonialismo por mucho que se disfrace de altruista.
Y digo que me gusta que hablemos del agua porque no se puede reconstruir un país, un pueblo, una familia, si se está muriendo de sed y de hambre. De qué sirve la cultura en un cuerpo deshidratado, en un cuerpo desnutrido.
Lamentable, pero cierto: en pleno siglo XXI millones de personas mueren por carecer de estos recursos tan elementales o, en el mejor de los casos, deben recorrer kilómetros y colas interminables para conseguir unos litros de agua. Sí, de la misma que en la otra parte del Planeta dejamos correr descuidados por nuestros grifos abiertos mientras fregamos, duchamos, lavamos nuestros coches, celebramos fiestas presuntamente ancestrales… y mil chorradas más.
Pues vaya. Para no tener qué escribir, creo que me he echado unas cuantas líneas. Ya lo comentaba ayer: Tengo que aprender a guardar silencio ¡Buf, cuánto me cuesta!

trinchera

Redujo el universo al tamaño de su cerebro, dejando una minúscula puerta de acceso, a la medida de su estrecha silueta.
Invirtió sus días en cazar sombras y ecos, todo aquello que no cabía por su entendimiento.

Hizo de su vida una trinchera, desde la que disparar a lo diferente, que tanto la amenazaba.

cambio de caracola

 
Cambiar de caracola tiene mucho de renovación, también de desorientación y salto al vacío.
Se tarda un tiempo en descubrir qué personaje duerme al otro lado de la pared, ésa sobre la que ahora reposa el cabezal de mi cama; en saber a quién molestan mis pisadas, de dónde vienen los ruidos o a qué volumen puedo escuchar la música y seguir pasando desapercibido.
Por ahora, sólo unos saludos a desconocidos mientras invado el pasillo y bloqueo el ascensor con mis pertenencias, con buena parte de mi intimidad aireándose por las ranuras de cajas y bolsos. Fragmentos de mi biografía que miran de reojo esos extraños que suben y bajan, como queriendo escudriñar el imaginario del nuevo habitante del gran caparazón que  ahora compartimos.