juegos


Hay un juego en mi teléfono que consiste en derribar muros. Con una minúscula bola hay que golpear repetidas veces cada ladrillo hasta que consigues hacerlo desaparecer. 

El juego te da cuatro vidas, cuatro oportunidades, pero también te lanza algunas trampas para acabar contigo antes de que pierdas por ti mismo.

Lo que me carcome es que cuando salto de alegría porque acabo de conseguir tirar abajo un maldito muro, inmediatamente me sale otro más grande, más compacto, más complejo, con más ladrillos.

A veces me da por sacarle moraleja a estas chorradas, aunque en el fondo sepa que no es más que un ridículo juego.
O no.

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