discovery

Llevaba en una bolsa los restos de su último universo. Había dejado atrás algunos planetas. En un contenedor, porque no sabía si a alguien les podían servir. Así, tal cual, o bien para reciclarlos o tunearlos. Por esta vez, prefirió descartarlos. Recuperó asteroides desechados en sus últimas galaxias y se acercó a otros cuerpos celestes, aún por descubrir.

Sabía que, antes o después, tendría que afrontar la tarea de reconstruir su abismo.

Tras varias pruebas fallidas, descartaba algunos modelos. Nada de posicionarlos girando en anillos, por muy elípticos que fueran, uniformados alrededor de una estrella. No, así no funcionaba. Ya había probado varias veces.

Tampoco le valía el estilo agujero negro. Devorar planetas y planetas, haciéndolos desaparecer en un plisplás, fulminando en un instante insípido millones de siglos de formación estelar.

Le espantaba ubicar personalmente cada elemento, definiendo una a una sus órbitas. Sería tremendamente aburrido y previsible.

Le tentaba más la teoría del caos, lanzar al aire todo el contenido de su bolsa y dejar que la gravedad, la atracción de las masas y la mera probabilidad hicieran su trabajo. Luego, a gravitar. Con la curiosidad renovada de un recién estrenado Discovery.

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