egómetro

Hace mucho que estoy por inventar instrumento tan necesario. Me empeño por puro altruismo y mucho de salud mental. Como no me motiva hacerme rico con la patente, regalo mi invento a quienes quieran darle uso. Ojalá sean multitud.

Sin ánimo de caer en defenestrados psicologismos, no me negarán la necesidad de una herramienta que ponga freno a las inútiles y aburridas batallas que dinamitan tantas convivencias y proyectos, que tanto animan -al menos a mí, confieso- a un retiro anacoreta, alejado del mundanal absurdo grupal. Lo hago como penúltimo intento, antes de rendirme y tirarme definitivamente al monte, aunque preferiría una playa desierta, la verdad, si quedaran o quedasen.

Me concentro en la búsqueda de algo que reubique los egos para que adquieran una dimensión realista de sí mismos, con el objetivo de pasar al consciente de cada cual sus propias limitaciones, sin que por ello deban menospreciar sus virtudes que, seguro, son muchas, como la de cualquier otro hijo o hija de vecina.

Tras observar numerosas reuniones de tres o más personas, opto por descartar el diseño de un mero medidor de egolatrías. Esa función ya la ejercen las constantes meadas, el famoso “a ver quién mea más alto” en cualquiera de sus modos rituales. Cuando se trata de grupos exclusivamente masculinos, las consabidas mediciones pasan a ser fálicas en sus múltiples modalidades: a ver quien tiene el coche más grande, el salario con más dígitos, el historial sexual más largo… Entre otras muchas formas de competir que es capaz de inventar una mente cuadriculada por el género masculino.

Así que mi aportación al empeño de vivir en sociedad de la especie humana ha terminado por concretarse en las siguientes instrucciones:

1. Practique preferiblemente cada mañana, al poco de levantarse, tras la ducha matutina.

2. Sin vestirse aún, mírese al espejo. Haga un recorrido por su cuerpo y transmítale agradecimiento. Al fin y al cabo es el único que tiene, el que siempre le acompaña. Hágale un guiño a sus curvas o planicies, a su brillo o a sus arrugas. Siéntalo suyo, siéntanse uno.

3. Mírese a los ojos y enumere sus deseos. Sus deseos y capacidades. Márquese los objetivos de la jornada. No permita que la ensoñación le acabe provocando frustración al final del día. Tampoco deje que la modestia lo deje rumiando todo lo que pudo haber hecho y no hizo. Sacúdase todas las etiquetas, las suyas y las ajenas. Que nada ni nadie le condicione.

4. Vuelva a su cuerpo, aún desnudo. Acariciése. Desde el pelo, la cara, recorra su cuello, baje por los pechos o pectorales, la barriga. Cruce por sus costados, hasta alcanzar sus glúteos. Busque camino entre ellos, recorra su esfinter. Sí, sin pudor, no pasará nada. Hágalo con la firmeza necesaria para adentrar su dedo en la terminación del colon. Con un poco bastará. No es preciso entretenerse.

5. Huela su dedo y procure conservar todo el día el aroma que lo impregna. Así recordará que, por dentro, todos y cada una llevamos una buena porción de mierda.

sin tiempo

Ve la lluvia a través del cristal de su ventana. Se siente protegida del frío de la intemperie. De las gotas. Del viento. Se siente segura y capaz bajo su techo. Capaz de afrontar lo que queda de día, de semana, de año, de vida. Tiene un lugar del que partir. Un lugar al que volver.

Vuelve a mirar la lluvia pero algo ha cambiado. El cristal ya no le protege. La ventana no le defiende del frío ni de las gotas ni del viento. Se siente insegura, así, sin techo. Incapaz de afrontar lo que queda de día, de semana, de año, de vida. No tiene ningún lugar del que partir, ningún lugar al que volver.

Hogar, dulce hogar

Hogar, dulce hogar

Esta semana, más de un año después de sacar esta fotografía, escuché al alcalde de la ciudad asegurar que trabaja concienzudamente para evitar que estas personas vivan en estas condiciones aunque, matizó, no sabe cuándo lo va a lograr.

papiroflexia

Hice otro pliegue en el papel
y no sé bien todavía
en qué me convierte este nuevo doblez

Me giro, me retuerzo
pero no alcanzo a verme
más que una sombra difusa
que me desfigura

Me invento
Me leo en las miradas de la gente
y casi me rindo
Total, para qué?

No hay temor
no demasiado
Asusta, sí
pero no petrifica
Estar quieto no me cambia
“nada cambia si nada cambias”

Siempre cabe desplegar el folio
estirarlo sobre el muslo
volver a empezar

Aunque sí
huella deja
Eso siempre
Algo queda

folio arrugado

el hombre del tiempo

NUBE

Volvía del trabajo bajo una lluvia densa. No le había pillado desprevenido, él mismo la había anunciado a través del canal 69TV. Las borrascas avanzaban arrastradas por el viento del Noroeste. Al llegar a la ciudad, estaba pronosticado, las nubes negras iban a descargar sobre el asfalto, sin rabia pero sin pausa.

El aguacero no paró en toda la madrugada. A la mañana siguiente, las calles eran ríos. Desde los barrios altos, a lomos de cascadas, llegaban al centro cadáveres de animales, planchas de uralita, pedazos de madera y otros restos de las construcciones endebles que cubrían las laderas más desfavorecidas. Los coches de lujo de las zonas residenciales amanecieron cubiertos de lodo en sus inundados garajes. Las piscinas se fundieron con el barro de los jardines y hasta las moquetas salpicaban en cada paso.

El hombre del tiempo recorrió la ciudad como buenamente pudo. El transporte público estaba inoperativo y los paraguas ya no cumplían ninguna función, incapaces de soportar el peso de tanta agua, que iba y venía desde todas las direcciones, empujada por vientos discontinuos y caprichosos.

Como pudo, saltando, nadando a ratos, embarrado, completamente mojado, llegó al otro lado de la ciudad, a la sede de la 69TV, seriamente dañada por el temporal aunque medianamente operativa todavía. Pudo confirmar los peores pronósticos: el caos generalizado, las cifras incontables de cadáveres, desaparecidos, casas derruidas, barrios destrozados… Sabía que no tenía nada que ver con él, pero se sentía culpable, no era capaz de sacudirse el sabor amargo de ser el anunciante de aquel desastre, como si su información hubiera provocado los hechos.

La ciudad luchaba por sobrevivir y estaba expectante de nueva información, quería saber lo que estaba por venir, lo que le quedaba por soportar, si aún podía soportar.

Comprobó los pronósticos que entraban por las pocas conexiones con el exterior que sobrevivían, en una redacción desierta, que supuraba charcos y goteras. Los descartó todos, todas las notas, tiró todos sus apuntes al agua que rebosaba la papelera. Se dirigió al estudio y le hizo un guiño a la mesa técnica. “Quiero entrar ya”, dijo.

En los polideportivos, los locales sociales y los pocos bares que permanecían abiertos, las gentes que huyeron o perdieron sus casas, semidesnudas o enroscadas en mantas prestadas, enmudecieron al ver al hombre del tiempo salir en pantalla. Esta vez, sin traje ni corbata, con la camisa remangada, salpicada de barro, con gesto tembloroso, llenaba el mapa de la ciudad de corazones, caritas sonrientes, iconos de soles. Borró del mapa todos los vientos y lanzó la borrasca fuera de pantalla cuando, de pronto, dejó de escucharse en las calles, paró de golpear las chapas de los tejados, de batir contra las ventanas.

se busca

Ando buscando a mi perspectiva. No sé dónde porras la dejé olvidada. Me costó décadas construirla para, mira tú, perderla en un plisplás. Quizás se fue con otro. O se hartó de tanto matizarla, tiquismiquis que es uno. Si la encuentras, avísame, porfa. Aunque, si te resulta útil, no dudes en usarla. No me importa. Siempre nos relacionamos sin ataduras. Solo quiero saber si está bien. Recompensaré. No sé cómo ni con qué, pero recompensaré. Gracias de antemano.

Actos de fe

Se está acabando la misa.

En breve finalizarán las procesiones, desmontarán los púlpitos y quienes se hagan con un pedazo del altar se darán otra vez la vuelta, volverán a dar la espalda a sus feligreses.

Borrarán la versión amable de sus rostros y recuperarán el latín como lengua oficial, sin preocuparse de que nadie les entienda.

Claro que, no dejarán de pasar su cepillo, para que sigamos financiando su pan, su vino, sus palacios y sus fiestas.

Si vas a misa el domingo, elige bien a quien te engaña, el cielo que te promete, la vida que te da.