sin tiempo

Ve la lluvia a través del cristal de su ventana. Se siente protegida del frío de la intemperie. De las gotas. Del viento. Se siente segura y capaz bajo su techo. Capaz de afrontar lo que queda de día, de semana, de año, de vida. Tiene un lugar del que partir. Un lugar al que volver.

Vuelve a mirar la lluvia pero algo ha cambiado. El cristal ya no le protege. La ventana no le defiende del frío ni de las gotas ni del viento. Se siente insegura, así, sin techo. Incapaz de afrontar lo que queda de día, de semana, de año, de vida. No tiene ningún lugar del que partir, ningún lugar al que volver.

Hogar, dulce hogar

Hogar, dulce hogar

Esta semana, más de un año después de sacar esta fotografía, escuché al alcalde de la ciudad asegurar que trabaja concienzudamente para evitar que estas personas vivan en estas condiciones aunque, matizó, no sabe cuándo lo va a lograr.

el hombre del tiempo

NUBE

Volvía del trabajo bajo una lluvia densa. No le había pillado desprevenido, él mismo la había anunciado a través del canal 69TV. Las borrascas avanzaban arrastradas por el viento del Noroeste. Al llegar a la ciudad, estaba pronosticado, las nubes negras iban a descargar sobre el asfalto, sin rabia pero sin pausa.

El aguacero no paró en toda la madrugada. A la mañana siguiente, las calles eran ríos. Desde los barrios altos, a lomos de cascadas, llegaban al centro cadáveres de animales, planchas de uralita, pedazos de madera y otros restos de las construcciones endebles que cubrían las laderas más desfavorecidas. Los coches de lujo de las zonas residenciales amanecieron cubiertos de lodo en sus inundados garajes. Las piscinas se fundieron con el barro de los jardines y hasta las moquetas salpicaban en cada paso.

El hombre del tiempo recorrió la ciudad como buenamente pudo. El transporte público estaba inoperativo y los paraguas ya no cumplían ninguna función, incapaces de soportar el peso de tanta agua, que iba y venía desde todas las direcciones, empujada por vientos discontinuos y caprichosos.

Como pudo, saltando, nadando a ratos, embarrado, completamente mojado, llegó al otro lado de la ciudad, a la sede de la 69TV, seriamente dañada por el temporal aunque medianamente operativa todavía. Pudo confirmar los peores pronósticos: el caos generalizado, las cifras incontables de cadáveres, desaparecidos, casas derruidas, barrios destrozados… Sabía que no tenía nada que ver con él, pero se sentía culpable, no era capaz de sacudirse el sabor amargo de ser el anunciante de aquel desastre, como si su información hubiera provocado los hechos.

La ciudad luchaba por sobrevivir y estaba expectante de nueva información, quería saber lo que estaba por venir, lo que le quedaba por soportar, si aún podía soportar.

Comprobó los pronósticos que entraban por las pocas conexiones con el exterior que sobrevivían, en una redacción desierta, que supuraba charcos y goteras. Los descartó todos, todas las notas, tiró todos sus apuntes al agua que rebosaba la papelera. Se dirigió al estudio y le hizo un guiño a la mesa técnica. “Quiero entrar ya”, dijo.

En los polideportivos, los locales sociales y los pocos bares que permanecían abiertos, las gentes que huyeron o perdieron sus casas, semidesnudas o enroscadas en mantas prestadas, enmudecieron al ver al hombre del tiempo salir en pantalla. Esta vez, sin traje ni corbata, con la camisa remangada, salpicada de barro, con gesto tembloroso, llenaba el mapa de la ciudad de corazones, caritas sonrientes, iconos de soles. Borró del mapa todos los vientos y lanzó la borrasca fuera de pantalla cuando, de pronto, dejó de escucharse en las calles, paró de golpear las chapas de los tejados, de batir contra las ventanas.

se busca

Ando buscando a mi perspectiva. No sé dónde porras la dejé olvidada. Me costó décadas construirla para, mira tú, perderla en un plisplás. Quizás se fue con otro. O se hartó de tanto matizarla, tiquismiquis que es uno. Si la encuentras, avísame, porfa. Aunque, si te resulta útil, no dudes en usarla. No me importa. Siempre nos relacionamos sin ataduras. Solo quiero saber si está bien. Recompensaré. No sé cómo ni con qué, pero recompensaré. Gracias de antemano.

historias de frenopático

En la misma planta donde convive un  hombre que traga cuchillos y cucharas con otro que llegó hablando un dialecto árabe que ni él había escuchado jamás, en el pasillo donde un joven echa broncas a los dioses por permitir tanta corrupción política y económica, en esa zona del centro sanitario donde está el tradicional Napoleón, vive también un anciano que saluda a las mujeres cantando el cara al sol con la derecha en alto, al que no se puede interrumpir porque vuelve a empezar hasta llegar a la última nota y, acto seguido, las llama putas y guarras con el mayor de sus desprecios.

En ese lugar hay un hombre que cree ser Franco y cada mañana, puntual, manda fusilar a todo el personal sanitario. En el mismo espacio, un joven se siente miliciano republicano. Cuando los dos se cruzan, se hace el silencio en la planta y algunos internos se pasan el índice por el cuello… La sangre se hiela.

Algo me dice que este país no ha pasado página.

alturas

escalera

Desde lo alto de una escalera

a la gente se la ve pequeña.

.

Si te columpias fuerte

te parecerá que la vida no salpica

a ti no

solo al resto

.

Si no atraviesas el espejismo

ni te miras los pies de barro

la vida no va contigo

hasta creerás en el destino y el azar

como únicos motores del mundo

de la humanidad

del universo

.

Desde el exterior del laberinto

se ve muy clara la salida

.

Si todo te vino resuelto

argumentarás que los problemas no existen

.

Desde lo alto del columpio

teorizarás sobre el vaivén y el devenir

sin ensuciarte los zapatos

.

Te costará ver que tus cadenas también se oxidan