Ella dijo que me dejaría desordenar su biblioteca.
Yo pensé: qué forma tan linda de decir te quiero.
Ella dijo que me dejaría desordenar su biblioteca.
Yo pensé: qué forma tan linda de decir te quiero.
En la misma planta donde convive un hombre que traga cuchillos y cucharas con otro que llegó hablando un dialecto árabe que ni él había escuchado jamás, en el pasillo donde un joven echa broncas a los dioses por permitir tanta corrupción política y económica, en esa zona del centro sanitario donde está el tradicional Napoleón, vive también un anciano que saluda a las mujeres cantando el cara al sol con la derecha en alto, al que no se puede interrumpir porque vuelve a empezar hasta llegar a la última nota y, acto seguido, las llama putas y guarras con el mayor de sus desprecios.
En ese lugar hay un hombre que cree ser Franco y cada mañana, puntual, manda fusilar a todo el personal sanitario. En el mismo espacio, un joven se siente miliciano republicano. Cuando los dos se cruzan, se hace el silencio en la planta y algunos internos se pasan el índice por el cuello… La sangre se hiela.
Algo me dice que este país no ha pasado página.
Siempre quiso ser portada de la prensa local. Lo intentó por todos los medios pero no hubo manera.
Era un tipo oscuro, airado por la indiferencia, la ceguera ajena, incapaces de reconocerle sus muchos valores y capacidades.
El vecindario no se percató. Su vida seguía siendo gris pero, de pronto, se le había dibujado una sonrisa.
Ocurrió en su casa una noche. Entraron y la destrozaron toda. A él lo mataron de un solo golpe, después lo descuartizaron con saña, salpicándolo todo de vísceras.
Hicieron un buen trabajo. Ocurrió tal y como lo había encargado.
No se conformaba con ser titular de un día. Quería que hablaran de él, al menos, una semana. Con reportaje en el dominical incluido.
Cuando la vio leer, quiso ser libro, que lo estrujara entre las manos y lo acercara con curiosidad a su nariz, que lo escrudriñara con sus ojos gigantes, sentir el vértigo de caerse dentro mientras pasearan por sus renglones. Quiso sentir su aliento, deleitarse en sus muecas, en el mordisqueo de sus labios al concentrarse y disfrutar.
Aquel hombre vivía en medio de la nada. Nada por aquí. Nada por allá.
Llevaba consigo muy pocas cosas, aunque arrastraba una enorme sombra que revoloteaba tras de sí: su colección de palabras aladas, aladas y parlanchinas, que le murmuraban historias increíbles a las que se acurrucaba antes de desplegar sus sueños.
Tenía sueños de todos los tamaños y colores. Bien doblados, los llevaba en su viejo carrito de la compra, ordenados por texturas y utopías. Alguna vez, al sacarlos, sorprendía algún imposible arrugado. Esos días eran los peores, porque no descansaba hasta dejarlos perfectamente almidonados, como el que más.
Todos eran importantes, los de arriba y los del fondo del carrito, aunque algunos iban quedando tan abajo, que le resultaba imposible alcanzarlos, ni siquiera para airearlos.
Los había especialmente caprichosos. Sueños exigentes como niños malcriados, que pataleaban en cualquier lugar hasta ganar toda su atención, sin descansar hasta adormecerlo.
También los llevaba excitantes, rebosantes de abismos y picardías. Cíclicos e insistentes. Terroríficos y agotadores, de esos que garantizan un despertar aún más cansado que el comienzo. Ensoñaciones monocromáticas, infinitamente aburridas…
De todos los tipos, duraciones y ambiciones, pero solo sueños. Ése era su capital, palabras aladas, historias increíbles y puro sueño. Un reino onírico.
Por eso, cuando los hombres de corbata vinieron, de puerta en puerta, buscando cosas que revender, no supieron qué arrebatarle. No tenía nada que hipotecar, solo sueños por alcanzar. Todo por ganar.