No queda nadie

Es que no se puede uno fiar de nadie.

Ahora nos cuentan (pincha aquí) que Robin Hood, aquel héroe de la infancia que nos enseñó lo justo que resulta robar a los ricos para repartir la riqueza entre los pobres, pues ése mismo no era más que un sicario.

Lo dicho, ya no queda nadie a quien creer.

Lecciones

Mis chicos de biografías perversas tienen una facultad que siempre les agradeceré, la de llevarme a mis propios límites, allí donde tengo que redescubrirme, reformularme, reinventarme.
Uno de ellos, hace unas semanas, me transmitía sus inseguridades, sus temores, su incapacidad para afrontar el miedo a sus abismos. Sin proponérselo, me llevó a rebuscar entre mis recursos cotidianos, ésos que manejamos sin darnos cuenta, sin plena consciencia. Mecanismos de defensa, artimañas para autoengañarnos y echarle morro a cada nueva mañana. Me hizo ver que mi truco es fijarme en lo bueno, que es lo que me hace prestar atención y percatarme de todo lo genial y maravilloso que ocurre a mi alrededor cada día. Que cuando me ofusco en lo malo, no veo más que la mierda y se me escapa todo lo demás, que no es poco.
Otros, cuando sacan su ira irracional acumulada, me enseñan a controlar la mía. Especialmente cuando la disparan contra mí y sin motivo. Me dan lecciones en el borde de mi frustración y mi impotencia. Aprendo a respetarles sus tiempos, a observarles y  a adivinar sus estados de ánimo, sus motivos, descubriendo en ellos los míos.
Mis chicos de biografías perversas son una pasada. Y se supone que a mí me pagan por educarlos. No viceversa. La repera.