de colores



¿Si cultivamos pensamientos de colores?
Colores alegres, diferentes, atrevidos, olorosos
Aromas que expandan nuestros pulmones y nuestras visiones
Tonalidades que nos conviertan la mirada en infinita
que nos alegren la casa y el día
¿Y si nos instalamos
por fin
donde habita la alegría?

el visitante

 
Hace semanas que viene. Llega puntual cada madrugada. Entra en mi cuarto sin avisar y se entretiene removiendo mis recuerdos sin escrúpulos. Lo hace con tan poco tacto que siempre consigue despertarme.

Airea mis facturas, ningunea mis proyectos y tala mis raíces. Pisotea mis verdades y vocifera todas mis pesadillas

 
Saca partido a la clandestinidad de la noche y desaparece con las primeras luces, dejándome la biografía y la habitación patas arriba.
 
Es por esto que tardo tanto en salir a la calle cada mañana.

juegos


Hay un juego en mi teléfono que consiste en derribar muros. Con una minúscula bola hay que golpear repetidas veces cada ladrillo hasta que consigues hacerlo desaparecer. 

El juego te da cuatro vidas, cuatro oportunidades, pero también te lanza algunas trampas para acabar contigo antes de que pierdas por ti mismo.

Lo que me carcome es que cuando salto de alegría porque acabo de conseguir tirar abajo un maldito muro, inmediatamente me sale otro más grande, más compacto, más complejo, con más ladrillos.

A veces me da por sacarle moraleja a estas chorradas, aunque en el fondo sepa que no es más que un ridículo juego.
O no.

Nosotros, masculino plural


En lugar de tanto homenaje, qué tal si este 8 de marzo comenzamos por no “ayudar en casa” y asumimos plenamente nuestras responsabilidades en las labores domésticas. 

Nosotros, tan duros, podríamos damos la oportunidad, dejar de castrarnos la comunicación de los sentimientos y las emociones.

Ya puestos, por qué no usamos el valor que se nos supone, ese que nos esmeramos en aparentar, para permitirnos salir del laberinto de la competitividad y sus miles formas de medirnos el pene: la cilindrada del coche, la nómina, el cargo, el modelo del móvil, el fútbol, las marcas…

Y si dejamos de etiquetarnos por los genitales para simplemente mirarnos a la cara, persona a persona.

Hace mucho que ellas movieron ficha. Nos toca a nosotros, chicos.

Ahí fuera


El capitalismo se derrumba ahí fuera. Su polvareda se cuela por las rendijas cubriéndolo todo de fango, enterrando en un pispás paisajes y derechos desvelados durante siglos.

Cuando creció, su abundancia me pilló lejos. Quizás por eso creí que su caída tampoco me salpicaría. Me equivoqué. Cuando vine a darme cuenta, mi vida estaba también agrietada. Se resquebrajaba, contagiada por los seísmos ajenos.

Fue entonces cuando aprendí que siempre le va bien a quienes siempre le fue bien; que es al resto, a quienes recién comenzamos a respirar, a disfrutar de los derechos de la vida, a quienes nos los arrebatan desde que no salen las cuentas. Sus cuentas.