infoxicado

Sabía cuales eran las buenas semillas

las mejores variedades

las cualidades necesarias de la tierra.

 

Sabía como debía arar

como y cuando plantar

la frecuencia de riego apropiada.

 

Tenía amplios conocimientos sobre el control de plagas

aprendió a combatir las epidemias

los productos químicos para cada ocasión

las actuaciones biológicas adecuadas.

 

Calculó cuanto tardaría en madurar el fruto

Conocía la fecha y las técnicas de recolección.

 

Disponía de amplios conocimientos sobre empaquetado y distribución.

 

Contaba con toda la información pertinente

y la actualizaba constantemente.

 

Así que se sentó con su ordenador junto a la huerta

y compartió en ingeniosos tweets

sus críticas a la mala hierba.

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discovery

Llevaba en una bolsa los restos de su último universo. Había dejado atrás algunos planetas. En un contenedor, porque no sabía si a alguien les podían servir. Así, tal cual, o bien para reciclarlos o tunearlos. Por esta vez, prefirió descartarlos. Recuperó asteroides desechados en sus últimas galaxias y se acercó a otros cuerpos celestes, aún por descubrir.

Sabía que, antes o después, tendría que afrontar la tarea de reconstruir su abismo.

Tras varias pruebas fallidas, descartaba algunos modelos. Nada de posicionarlos girando en anillos, por muy elípticos que fueran, uniformados alrededor de una estrella. No, así no funcionaba. Ya había probado varias veces.

Tampoco le valía el estilo agujero negro. Devorar planetas y planetas, haciéndolos desaparecer en un plisplás, fulminando en un instante insípido millones de siglos de formación estelar.

Le espantaba ubicar personalmente cada elemento, definiendo una a una sus órbitas. Sería tremendamente aburrido y previsible.

Le tentaba más la teoría del caos, lanzar al aire todo el contenido de su bolsa y dejar que la gravedad, la atracción de las masas y la mera probabilidad hicieran su trabajo. Luego, a gravitar. Con la curiosidad renovada de un recién estrenado Discovery.

laberinto

Volvió a perderse en el mismo laberinto.

Una vez más, se sintió a salvo recuperando la hebra de lana que había desovillado por el camino. El truco ancestral que le inculcaron con tantos cuentos desde la infancia.

Tirando de ella repitió sus pasos, pero éstos solo le llevaron hasta la entrada, al mismo punto de partida de siempre.

 

aquí te pillo, aquí te zampo

Necesito tiempo

Tiempo para ordenar ideas

para separar rutinas de emociones

para dar nombre a sentimientos, días, momentos

Tiempo para quitar ruido a las palabras

Tiempo para escucharme

para verme

Tiempo para saberme e inventarme

Pero se impone la prisa

la mal agüera, tóxica y corrosiva prisa

el quiero esto y lo quiero ya

lo que sea, pero YA !

el capricho al instante

Todo o nada, de inmediato

Sin más

Consumimos productos

engullimos ropas, culturas, ocio

devoramos vidas y objetos

tragamos medios, recursos, PERSONAS

Satisfacemos presuntas necesidades

consumimos

consumimos

consumimos

Todo vale para saciar el antojo

Nada se macera

ni reposa

fast food

fast emotions

Enhueramos

Malvenido a la era del aquí te pillo, aquí te zampo

Malhallado

la carrera de Manuel

Flanqueado por su esposa y su hijo, el anciano veía pasar la tarde sentado en un banco de la plaza. ¿La tarde?, ¿o era la mañana?

El bullicio de la calle lo distraía de dolores y achaques. Sus familiares hablaban, pero su atención se disolvía, se le iba a recuerdos sin fecha ni data, a conversaciones de transeúntes, al correteo de los chiquillos.

Uno de aquellos niños pasó cerca. Manuel pareció reconocerlo “Ven, ¿dónde te vas? Ven”. Los familiares se alarmaron, no conocían al muchacho, que también se sorprendió por los gritos del viejo.

Manuel vio como el chiquillo continuaba su carrera, salía de la plaza y subía ladera arriba, por las viejas veredas, hasta la cueva donde su padre guardaba los animales. Manuel volvió a oler la leche tibia, recién ordeñada, salpicada de gofio tostado. Casi sin parar, siguió corriendo por el sendero, esta vez dirección a la costa. Descalzo, atravesó la playa, sin hoteles ni apartamentos, habitada solo por unos pocos botes de pesca. Se dirigía a la finca del Señor, donde correteó entre tomateros, bajo el eco de la reprimenda de su madre “Sabes que no puedes venir aquí, Manuel, que al Señor no le gusta. ¿Por qué no fuiste hoy a la escuela, Manuel?”

Manuel seguía corriendo. María y su hijo seguían conversando en la plaza, hasta que decidieron sujetarlo, cada uno por un brazo, ayudándolo a levantarse del banco y garantizar el equilibrio de sus lentos pasos arrastrados. Era hora de volver a casa. El anciano debía comer y tomar de nuevo sus medicinas.