pájaros

Sin saber porqué ni de donde venía, sin ni siquiera preguntármelo, entré en una habitación blanca de techos altos que estaba llena de jaulas abiertas. En su interior, decenas de pájaros muertos. Los animales se habían dejado morir porque nadie los había atendido.

Estaban firmes en sus barras, con aparente dignidad, casi orgullosos de su inmóvil constancia, de su negación a salir a buscar su propio sustento.

Algunos tenían las plumas electrificadas, como pelos de puntas de mil colores. Otros, oscurecidos, parecían carbonizados.

No recuerdo el olor, pero sí que todo estaba lleno de excrementos.

Intenté dar de comer a algunos. Me costaba creer que se mantuvieran erguidos después de muertos.

Por fin uno pareció reaccionar. Débil pero se movía.

Intentaba retenerlo en la vida cuando escuché unas voces. Pensé que procedían de otros cuartos de la casa blanca de techos altos. Pronto entendí que venían de fuera de mi sueño y, con ellas, salí de él.

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