carta a mi hijo que cumple 12 años

No sé si está bien contarte que eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Lo mejor y lo más grave. Pero no grave de gravedad, sino grave antónimo de leve. Grave de denso, profundo, sólido.

Tu presencia me aferra a la tierra y a la vida. Me conecta con la obligación de seguir luchando, siempre adelante, sin posibilidad de rendirme. Tu sola presencia me obliga a estar, a insistir.

Tu existencia me obliga a coleccionarte seguridades, al tiempo que me bombardeas a preguntas.

Hay una alegría vital implícita a este compartir
a esta complicidad
veces cómica
veces salpicada de broncas
y límites

Gajes del oficio de padre, del padre en que me convertiste hace hoy 12 años, a las 12 del mediodía del 30-11-03. Capicúa, sí, que no significará nada, pero ya sabes que me entretengo con estas tonterías.

Gracias por venir. Aunque, como decía, no sé si hago bien contándote todo esto, porque a ser padre no se aprende estudiando. No hay remedios ni recetas en los muchos libros que estudié y rebusqué.

En esta relación somos dos novatos, tenemos la misma antigüedad en nuestros respectivos oficios.

Disculpémonos los errores, estamos aprendiendo.

Estamos viviendo.

Anuncios

sin beso nos quedamos

¿Recuerdas el beso que no nos dimos?

¿Aquel que quedó atrapado entre nuestros orgullos, encriptado en el silencio ruidoso de nuestros egos?

¿El abrazo que pudo ser y no fue, el que nos asomaba reprimido en las miradas de despedida, con los brazos inmóviles y la sonrisa rota?

Ese calor que no sentimos
que dejamos evaporar
circulará por otras brisas
otros brazos
o acabará dejándose llover en algún páramo
haciendo charco
para cualquier sapo.

tarde de domingo

La tarde de domingo se pliega, como todas
como retroceden las olas al llegar a lo más alto de la orilla
lo más lejos que saben
que pueden
se atreven
según la hora
según la ola

Y en cualquier trinchera
dos gametos se juntan y fecundan
para ser paridos en cualquier barricada
para echar a andar entre la balacera
intentando volar entre misiles.

egómetro

Hace mucho que estoy por inventar instrumento tan necesario. Me empeño por puro altruismo y mucho de salud mental. Como no me motiva hacerme rico con la patente, regalo mi invento a quienes quieran darle uso. Ojalá sean multitud.

Sin ánimo de caer en defenestrados psicologismos, no me negarán la necesidad de una herramienta que ponga freno a las inútiles y aburridas batallas que dinamitan tantas convivencias y proyectos, que tanto animan -al menos a mí, confieso- a un retiro anacoreta, alejado del mundanal absurdo grupal. Lo hago como penúltimo intento, antes de rendirme y tirarme definitivamente al monte, aunque preferiría una playa desierta, la verdad, si quedaran o quedasen.

Me concentro en la búsqueda de algo que reubique los egos para que adquieran una dimensión realista de sí mismos, con el objetivo de pasar al consciente de cada cual sus propias limitaciones, sin que por ello deban menospreciar sus virtudes que, seguro, son muchas, como la de cualquier otro hijo o hija de vecina.

Tras observar numerosas reuniones de tres o más personas, opto por descartar el diseño de un mero medidor de egolatrías. Esa función ya la ejercen las constantes meadas, el famoso “a ver quién mea más alto” en cualquiera de sus modos rituales. Cuando se trata de grupos exclusivamente masculinos, las consabidas mediciones pasan a ser fálicas en sus múltiples modalidades: a ver quien tiene el coche más grande, el salario con más dígitos, el historial sexual más largo… Entre otras muchas formas de competir que es capaz de inventar una mente cuadriculada por el género masculino.

Así que mi aportación al empeño de vivir en sociedad de la especie humana ha terminado por concretarse en las siguientes instrucciones:

1. Practique preferiblemente cada mañana, al poco de levantarse, tras la ducha matutina.

2. Sin vestirse aún, mírese al espejo. Haga un recorrido por su cuerpo y transmítale agradecimiento. Al fin y al cabo es el único que tiene, el que siempre le acompaña. Hágale un guiño a sus curvas o planicies, a su brillo o a sus arrugas. Siéntalo suyo, siéntanse uno.

3. Mírese a los ojos y enumere sus deseos. Sus deseos y capacidades. Márquese los objetivos de la jornada. No permita que la ensoñación le acabe provocando frustración al final del día. Tampoco deje que la modestia lo deje rumiando todo lo que pudo haber hecho y no hizo. Sacúdase todas las etiquetas, las suyas y las ajenas. Que nada ni nadie le condicione.

4. Vuelva a su cuerpo, aún desnudo. Acariciése. Desde el pelo, la cara, recorra su cuello, baje por los pechos o pectorales, la barriga. Cruce por sus costados, hasta alcanzar sus glúteos. Busque camino entre ellos, recorra su esfinter. Sí, sin pudor, no pasará nada. Hágalo con la firmeza necesaria para adentrar su dedo en la terminación del colon. Con un poco bastará. No es preciso entretenerse.

5. Huela su dedo y procure conservar todo el día el aroma que lo impregna. Así recordará que, por dentro, todos y cada una llevamos una buena porción de mierda.