el momento preciso

Hacía unos meses que el ritmo había cambiado. Los besos habían desaparecido de los saludos y de las buenas noches. El sexo pasó de apasionado a ocasional y, sinceramente, bastante rutinario. Ya no se frotaban los pies fríos bajo las sábanas, donde cada cual se limitaba a ocupar su esquina para roncar. La confianza dio permiso a la aerofagia. Los temas de conversación ya no resultaban emocionantes, mucho menos interesantes ni sorpresivos. Se tenían aprendidos los argumentos, los giros, los gestos, las estrategias. Llegados a ese punto, se miraron a los ojos y concluyeron: ¡Vamos a casarnos!

El camino del agua

Llueve sobre Canarias y el agua hace lo que mejor sabe: buscar camino. Deslizarse por los barrancos que erosionó durante siglos, desde el cielo ennegrecido hasta el océano.

Cuando le cubren de cemento y asfalto sus senderos, el agua no destroza, recupera lo que es suyo o, a lo sumo, busca alternativas.

Y si las avenidas tapan las salidas al mar, sin dejarles una tubería ni un simple arco, pasa por encima o las arrastra. Si las carreteras cortan las laderas, ella las salta. Si urbanizan las faldas de las montañas con alcantarillados ridículos, los rebosa.

En mis primeros años laguneros, en mis universitarios ochenta, recuerdo semanas de lluvia desenfrenada que parecían escenificar las tormentas del Macondo que leía por entonces. De esos tiempos no recuerdo metros cúbicos ni destrozos como los de ahora. Claro que aún no habían llegado los tiempos del ladrillo desenfrenado ni el nacionalismo se medía en kilómetros de autopista subvencionada por la Metrópoli.

Me aburren las teorías de la conspiración, pero no termino de rechazar la existencia de cerebros mercantilistas que se frotan los dedos con la caja que harán en los proximos meses reparando tanto destrozo. Y hasta la próxima lluvia.

Valores, ¿para qué?


Cuando hablamos de educar en valores, después de apartar todo el humo metodológico de educación transversal y toda esa verborrea que suena tan tecnócrata y culta, ¿de qué estamos hablando realmente?

Educamos para la paz, por la igualdad, en contra de toda violencia… Cumplimos todo el calendario de onomásticas políticamente correctas… y luego, ¿qué?

Discursos aparte, los valores no entran con palabras, son de ese tipo de cosas que las mamamos de pequeños o nos cuesta mucho pillarlas más tarde. Esas formas de actuar, razonar, posicionarse que, para ser más exactos, se imitan, se respiran en la familia, la escuela, el medio social, el grupo de iguales…

Sospecho que pocos padres no afirmarían que desean que sus hijos sean buenas personas. Pero, sin ánimo de ser catastrofista, ¿se sobrevive en este medio que habitamos siendo buena gente?¿Los conceptos de bondad, honradez, sinceridad de nuestros abuelos en qué se parecen a los de nuestros padres? ¿Queda algo de ellos en nuestra vida cotidiana?

El mundo cambia, sí, pero desde hace unas décadas lo hace de un modo frenético. Mucho más aceleradamente de lo que podíamos soñar anteayer.

Durante siglos, los valores y habilidades que se transmitían de padres a hijos eran herramientas útiles para manejarse por la vida. De una generación a otra siempre se producían cambios, claro, pero eran más sutiles que reales.

Si echamos una mirada a Canarias, vivió siglos inmersa en una sociedad rural, repartida en pequeños grupos de población, en los que apenas destacaban uno o dos en cada isla, por comarca, donde se centralizaba la actividad comercial. Con el boom turístico y de la construcción, cambiaron nuestros hábitos, nuestra cultura… un fenómeno imprescindible para adaptarse a los nuevos tiempos, para sobrevivir en las nuevas realidades. Mucho más si atendemos a la aparición de todas las nuevas tecnologías: las domésticas, de transporte y de comunicación. Los cambios metamorfosearon también nuestros valores, los códigos y habilidades sociales necesarios para manejarse por estos nuevos mundos que evolucionan como los pokemon, a ritmos desorbitados.

Por si fuera poco, en medio nos pilló un cambio de sistema político. Pasamos de la dictadura a la democracia formal y entramos en catarsis. De la educación con vara y tarima nos fuimos a la creencia de que mi niño es el centro del universo. Y claro, que no me lo toque nadie. De la sumisión del menor, al niño tirano.

Visto lo visto, no sé si valdrá la pena redefinir los valores, pues cabe una alta probabilidad de que, acabado semejante esfuerzo, ya queden caducos. Por el contrario, se me antoja posible y deseable buscar y definir aquellos que perduran o deberían mantenerse en el tiempo. A bote pronto, se me ocurren unos cuantos: honradez, esfuerzo, sinceridad, control emocional, no violencia, empatía…

Aunque claro, en lo que no hay cambios es en el único canal de transmisión eficaz: el aprendizaje vicario. O sea, que o nos ven practicarlos día a día o no habrá manera de engañarlos para que los integren en sus vidas.


paréntesis


Apagar los electrodomésticos parlanchines y lanzaimágenes.

Encender tan sólo la luz imprescindible.

Dejarse sorprender por los sonidos lejanos, por las sombras de la calle que se cuelan por la ventana.


Respirar.


No repensar lo ya desmenuzado una y mil veces.

Dejar los planes de mañana para mañana.

Sentir el cosquilleo relajado del cuerpo cansado…

Y poco más.

 

visiones


Tenía un ego tan desproporcionado que le impedía ver el árbol, el bosque, el río, la casa, el pueblo, la ciudad, la isla… y a sí mismo.

¿Lágrimas? Ésas no le molestaban. Sólo se las permitía en privado y a oscuras, para que no le erosionaran la imagen pública.