el hombre del tiempo

NUBE

Volvía del trabajo bajo una lluvia densa. No le había pillado desprevenido, él mismo la había anunciado a través del canal 69TV. Las borrascas avanzaban arrastradas por el viento del Noroeste. Al llegar a la ciudad, estaba pronosticado, las nubes negras iban a descargar sobre el asfalto, sin rabia pero sin pausa.

El aguacero no paró en toda la madrugada. A la mañana siguiente, las calles eran ríos. Desde los barrios altos, a lomos de cascadas, llegaban al centro cadáveres de animales, planchas de uralita, pedazos de madera y otros restos de las construcciones endebles que cubrían las laderas más desfavorecidas. Los coches de lujo de las zonas residenciales amanecieron cubiertos de lodo en sus inundados garajes. Las piscinas se fundieron con el barro de los jardines y hasta las moquetas salpicaban en cada paso.

El hombre del tiempo recorrió la ciudad como buenamente pudo. El transporte público estaba inoperativo y los paraguas ya no cumplían ninguna función, incapaces de soportar el peso de tanta agua, que iba y venía desde todas las direcciones, empujada por vientos discontinuos y caprichosos.

Como pudo, saltando, nadando a ratos, embarrado, completamente mojado, llegó al otro lado de la ciudad, a la sede de la 69TV, seriamente dañada por el temporal aunque medianamente operativa todavía. Pudo confirmar los peores pronósticos: el caos generalizado, las cifras incontables de cadáveres, desaparecidos, casas derruidas, barrios destrozados… Sabía que no tenía nada que ver con él, pero se sentía culpable, no era capaz de sacudirse el sabor amargo de ser el anunciante de aquel desastre, como si su información hubiera provocado los hechos.

La ciudad luchaba por sobrevivir y estaba expectante de nueva información, quería saber lo que estaba por venir, lo que le quedaba por soportar, si aún podía soportar.

Comprobó los pronósticos que entraban por las pocas conexiones con el exterior que sobrevivían, en una redacción desierta, que supuraba charcos y goteras. Los descartó todos, todas las notas, tiró todos sus apuntes al agua que rebosaba la papelera. Se dirigió al estudio y le hizo un guiño a la mesa técnica. “Quiero entrar ya”, dijo.

En los polideportivos, los locales sociales y los pocos bares que permanecían abiertos, las gentes que huyeron o perdieron sus casas, semidesnudas o enroscadas en mantas prestadas, enmudecieron al ver al hombre del tiempo salir en pantalla. Esta vez, sin traje ni corbata, con la camisa remangada, salpicada de barro, con gesto tembloroso, llenaba el mapa de la ciudad de corazones, caritas sonrientes, iconos de soles. Borró del mapa todos los vientos y lanzó la borrasca fuera de pantalla cuando, de pronto, dejó de escucharse en las calles, paró de golpear las chapas de los tejados, de batir contra las ventanas.

se busca

Ando buscando a mi perspectiva. No sé dónde porras la dejé olvidada. Me costó décadas construirla para, mira tú, perderla en un plisplás. Quizás se fue con otro. O se hartó de tanto matizarla, tiquismiquis que es uno. Si la encuentras, avísame, porfa. Aunque, si te resulta útil, no dudes en usarla. No me importa. Siempre nos relacionamos sin ataduras. Solo quiero saber si está bien. Recompensaré. No sé cómo ni con qué, pero recompensaré. Gracias de antemano.

historias de frenopático

En la misma planta donde convive un  hombre que traga cuchillos y cucharas con otro que llegó hablando un dialecto árabe que ni él había escuchado jamás, en el pasillo donde un joven echa broncas a los dioses por permitir tanta corrupción política y económica, en esa zona del centro sanitario donde está el tradicional Napoleón, vive también un anciano que saluda a las mujeres cantando el cara al sol con la derecha en alto, al que no se puede interrumpir porque vuelve a empezar hasta llegar a la última nota y, acto seguido, las llama putas y guarras con el mayor de sus desprecios.

En ese lugar hay un hombre que cree ser Franco y cada mañana, puntual, manda fusilar a todo el personal sanitario. En el mismo espacio, un joven se siente miliciano republicano. Cuando los dos se cruzan, se hace el silencio en la planta y algunos internos se pasan el índice por el cuello… La sangre se hiela.

Algo me dice que este país no ha pasado página.

en portada

Siempre quiso ser portada de la prensa local. Lo intentó por todos los medios pero no hubo manera.

Era un tipo oscuro, airado por la indiferencia, la ceguera ajena, incapaces de reconocerle sus muchos valores y capacidades.

El vecindario no se percató. Su vida seguía siendo gris pero, de pronto, se le había dibujado una sonrisa.

Ocurrió en su casa una noche. Entraron y la destrozaron toda. A él lo mataron de un solo golpe, después lo descuartizaron con saña, salpicándolo todo de vísceras.

Hicieron un buen trabajo. Ocurrió tal y como lo había encargado.

No se conformaba con ser titular de un día. Quería que hablaran de él, al menos, una semana. Con reportaje en el dominical incluido.

cosas de montañas

lectora
Cuentan de ella que fue una roca orgullosa
la más alta y retratada
donde todos los humanos querían trepar
pero solo unos pocos lo conseguían

Dicen de ella que, durante siglos
soportó tormentas
nevadas
y temblores
que la fueron desgastando
hasta que aquel rayo maldito la partiera en pedazos
en tantos
los suficientes para que rompiera su equilibrio
y cayera
ladera abajo
triturándose aún más

Así fue como llegó hasta la orilla
donde la marea culminó el trabajo de la erosión

Hoy acaricia la espuma
ola va
ola viene
y dibuja las huellas de quienes andan por su playa
se convierte en castillos
en bolas lanzaderas de juegos infantiles

Y se le ve especialmente feliz
cuando, de noche
brillan las estrellas
sobre su panza arenosa
humedecida por la última ola.