pájaros

Sin saber porqué ni de donde venía, sin ni siquiera preguntármelo, entré en una habitación blanca de techos altos que estaba llena de jaulas abiertas. En su interior, decenas de pájaros muertos. Los animales se habían dejado morir porque nadie los había atendido.

Estaban firmes en sus barras, con aparente dignidad, casi orgullosos de su inmóvil constancia, de su negación a salir a buscar su propio sustento.

Algunos tenían las plumas electrificadas, como pelos de puntas de mil colores. Otros, oscurecidos, parecían carbonizados.

No recuerdo el olor, pero sí que todo estaba lleno de excrementos.

Intenté dar de comer a algunos. Me costaba creer que se mantuvieran erguidos después de muertos.

Por fin uno pareció reaccionar. Débil pero se movía.

Intentaba retenerlo en la vida cuando escuché unas voces. Pensé que procedían de otros cuartos de la casa blanca de techos altos. Pronto entendí que venían de fuera de mi sueño y, con ellas, salí de él.

infoxicado

Sabía cuales eran las buenas semillas

las mejores variedades

las cualidades necesarias de la tierra.

 

Sabía como debía arar

como y cuando plantar

la frecuencia de riego apropiada.

 

Tenía amplios conocimientos sobre el control de plagas

aprendió a combatir las epidemias

los productos químicos para cada ocasión

las actuaciones biológicas adecuadas.

 

Calculó cuanto tardaría en madurar el fruto

Conocía la fecha y las técnicas de recolección.

 

Disponía de amplios conocimientos sobre empaquetado y distribución.

 

Contaba con toda la información pertinente

y la actualizaba constantemente.

 

Así que se sentó con su ordenador junto a la huerta

y compartió en ingeniosos tweets

sus críticas a la mala hierba.

discovery

Llevaba en una bolsa los restos de su último universo. Había dejado atrás algunos planetas. En un contenedor, porque no sabía si a alguien les podían servir. Así, tal cual, o bien para reciclarlos o tunearlos. Por esta vez, prefirió descartarlos. Recuperó asteroides desechados en sus últimas galaxias y se acercó a otros cuerpos celestes, aún por descubrir.

Sabía que, antes o después, tendría que afrontar la tarea de reconstruir su abismo.

Tras varias pruebas fallidas, descartaba algunos modelos. Nada de posicionarlos girando en anillos, por muy elípticos que fueran, uniformados alrededor de una estrella. No, así no funcionaba. Ya había probado varias veces.

Tampoco le valía el estilo agujero negro. Devorar planetas y planetas, haciéndolos desaparecer en un plisplás, fulminando en un instante insípido millones de siglos de formación estelar.

Le espantaba ubicar personalmente cada elemento, definiendo una a una sus órbitas. Sería tremendamente aburrido y previsible.

Le tentaba más la teoría del caos, lanzar al aire todo el contenido de su bolsa y dejar que la gravedad, la atracción de las masas y la mera probabilidad hicieran su trabajo. Luego, a gravitar. Con la curiosidad renovada de un recién estrenado Discovery.

la carrera de Manuel

Flanqueado por su esposa y su hijo, el anciano veía pasar la tarde sentado en un banco de la plaza. ¿La tarde?, ¿o era la mañana?

El bullicio de la calle lo distraía de dolores y achaques. Sus familiares hablaban, pero su atención se disolvía, se le iba a recuerdos sin fecha ni data, a conversaciones de transeúntes, al correteo de los chiquillos.

Uno de aquellos niños pasó cerca. Manuel pareció reconocerlo “Ven, ¿dónde te vas? Ven”. Los familiares se alarmaron, no conocían al muchacho, que también se sorprendió por los gritos del viejo.

Manuel vio como el chiquillo continuaba su carrera, salía de la plaza y subía ladera arriba, por las viejas veredas, hasta la cueva donde su padre guardaba los animales. Manuel volvió a oler la leche tibia, recién ordeñada, salpicada de gofio tostado. Casi sin parar, siguió corriendo por el sendero, esta vez dirección a la costa. Descalzo, atravesó la playa, sin hoteles ni apartamentos, habitada solo por unos pocos botes de pesca. Se dirigía a la finca del Señor, donde correteó entre tomateros, bajo el eco de la reprimenda de su madre “Sabes que no puedes venir aquí, Manuel, que al Señor no le gusta. ¿Por qué no fuiste hoy a la escuela, Manuel?”

Manuel seguía corriendo. María y su hijo seguían conversando en la plaza, hasta que decidieron sujetarlo, cada uno por un brazo, ayudándolo a levantarse del banco y garantizar el equilibrio de sus lentos pasos arrastrados. Era hora de volver a casa. El anciano debía comer y tomar de nuevo sus medicinas.

biografía

 

La pensaron y diseñaron para ser una bota.
 
Buscaron los materiales, los cortaron, los cosieron y los pegaron para convertirla en el calzado que se esperaba de ella.
 
Así y todo, después de mucho andar, no lo pudo remediar. Acabó por dejar florecer lo que llevaba dentro.
 
Y qué otra cosa podía hacer, si siempre quiso ser una maceta. Una dulce y acogedora maceta.