Frivolidades

Después de leer las últimas entradas del blog de Pepe Naranjo, Los Invisibles, me sentí realmente frívolo por lo que pensaba colgar hoy por aquí. Pero al rato me dije, muchacho, hay días para todo. Y hoy me toca un vídeo divertido, que estoy saturado de tanta miseria humana. Y de tanto humano miserable, que no es lo mismo aunque suene igual.

Pues eso, no dejen de mirar el blog recomendado. Si les apetece, vuelvan por aquí, se echan unos brincos con el vídeo que sigue para, de paso, desconectar del mundanal ruido y otras realidades de digestión pesada.

Agotado

Corre. Y lo hace con todas sus fuerzas, intentando pensar en otra cosa que le haga obviar la respiración entrecortada, sus propios alaridos asmáticos. Descargas eléctricas le sacuden las piernas. Los brazos ya no tienen la firmeza necesaria para mantener la secuencia rítmica del movimiento. El sudor chorrea desde su frente, nublándole la vista.

Se para. Justo en el borde se detiene. En la misma línea del abismo asoman sus pies, que apenas logran mantener su flácido cuerpo agotado.

Papel mojado

El papel ya no sirve para casi nada. Además de sus consabidas funcionalidades higiénicas que no voy a detallar, su valor ha caído a los mínimos de la palabra dada. Una bazofia.

Para hacer valer los compromisos que un tipejo o grupo de impresentables plasmaron en uno de esos rectángulos de resina seca planchada, tienes que invertir el mismo o más tiempo y dinero que costó lo que te están robando. Al final, para que una subjetividad enfundada en sotana, al otro lado de una mesa alta, se lo juegue a la cara o cruz de sus opiniones y presuntos entenderes sobre la materia.

Menos mal que existen personas, como la del vídeo, que con mucha creatividad y más ingenio, le encuentran utilidades novedosas.

La cola


Acaba de licenciarse, ahora prepara un doctorado. Cuida niños a las vecinas, da clases particulares y comparte piso con amigos. Se le acabaron las becas. Por eso está allí.

No le gustaba estudiar, así que a los dieciséis el padre se lo llevó a amasar cemento y cargar ladrillos. Las obras cerraron. Por eso él también está allí.

Llevaba años en la empresa. Los dueños no quisieron recortar beneficios y redujeron gastos. Primero a los más jóvenes, poco a poco a los más viejos. Ahora le tocó a él. Por eso también está allí.

Quiso independizarse. Se fundió los ahorros sin éxito. Le quedan algunas ideas, pero ni un céntimo que echarse a la boca. Por eso también está allí.

La rendija

Por un momento estuve tentado de hacerle caso a los chinos. Casi me siento, dejo que me limpien y luego me pongo a esperar, por aquello de si pasaban los cadáveres de quienes me robaban.

Andaba reprimiéndome las ganas de venganza, las de tirarme al monte con la metralleta para, en una emboscada, puño en alto y boina calada, acribillarlos sin piedad en una orgía de sangre imaginaria.

Estas fantasías de lo más hondo de mis vísceras luchaban por el espacio, a puro codazo, con las muchas ganas de desmoronarme sin más. Eso sí, con mucho moco y lagrimeo, adornado con susurros y lamentos. El universo la tiene tomada conmigo, habría repetido a gritos.

En estos vaivenes emocionales andaba cuando, de repente, se me encendió un bombillo. ¿Rojo? No sé. Verde, quizás. Encontré una rendija en la que poner mi culo a salvo de la sodomización que me acechaba. Un enroque silencioso y no falto de un matiz malévolo.

Sin ánimo de exagerar, hasta juraría que me brilló el diente al sonreír.

vallas


– «Tenemos que levantar más vallas contra los inmigrantes ilegales«, dijo el presidente.
– «No podemos, señor«, repicó su fiel asesor.
– «¿Y eso?«, preguntó el presidente extrañado.
– «No tenemos mano de obra inmigrante para hacerlo«.

De Noviembre, que se reprenta estos días en el Teatro Cuyás.