Soledad

No esperaba a nadie. Aún así, cuando llamaron a la puerta no sospechó ni tomó precauciones. Abrió de par en par y entró ella. Había cambiado de rostro, de nombre y de estilo, pero su sensación era la misma. Inconfundible.

Se le coló en una bocanada profunda, hasta instalarse en la misma entrada de su estómago, desde donde extendió su halo de inseguridad por todas las vísceras.

Intentó sacudirla, quitársela de encima.
Con el cúmulo de fracasos, removió viejas estrategias.

Buscó imágenes placenteras que se esfumaban en segundos.
Ahogó en carcajadas los alaridos de sus tripas.
Se abalanzó sobre la intrusa sin el menor respeto.



Volvió a sonar la puerta. Esta vez sí abrió cubierto de temores.
No había nadie al otro lado.
Cuando cerró, ella ya estaba dentro.

Se hundió entre los cojines del sofá, completamente solo.
Deberías irte“, dijo en voz alta.
Demasiado tarde. Ella ya había decidido quedarse.

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