domingo


Era domingo, tenía el día libre y decidió dedicarlo a ordenar su universo. Ése que gravita en los escasos cincuenta metros cuadrados de su casa.

Comenzó por hacer hueco a los libros que pernoctaban en la mesa del salón desde hacía semanas. De camino a la estantería, cayó en el interior de uno de ellos, desapareciendo durante horas. 

Salió de aquellas páginas en busca de un marcador, pero en el cajón donde los guardaba se sumergió en una nota manuscrita. Ésta lo llevó, como autómata, al calendario y, de allí, al ordenador. Saltó de una ventana a otra, saludó, contestó, buscó música y visionó algún que otro vídeo… Cuando logró desprenderse de la pantalla, deambuló sin rumbo por las habitaciones, hasta que en una de ellas comenzó a doblar y guardar ropa, distraído, pensando en sus cosas. Un botón flojo lo llevó a la caja de los hilos, junto a la de las fotos. Y, claro, claro que se zambulló en ellas, entre amistades olvidadas, paisajes perdidos, amores insípidos, rencores perversos… o, tal vez, viceversa.

Cuando volvió, ya tenía hambre. Hizo unas llamadas en busca de compañía para el almuerzo y la sobremesa. A los pocos minutos, salió de casa. El baño quedó empañado y revuelto, como el resto de su universo, más habitado y revuelto que al amanecer de aquel domingo.
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