Aquelarre

Este fin de semana me invitaron a celebrar la luna llena en medio de un bosque de Tenerife. Una suerte de aquelarre promovido por un círculo de mujeres que mantienen vivos rituales procedentes de indias americanas, mestizados con Chin Dao, masajes Shiatsu, comidas compartidas, músicas, bailes, cuentos, teatro…

El hilo conductor del encuentro fue un intento de aproximación, de reflexión, de puesta en común más que debate, del eterno tema: ¿Cómo vemos al otro género? ¿Qué esperamos de ell@s? ¿Qué estamos dispuestos a compartir?

Ya lo he reflexionado en este blog otras veces: Las mujeres, desde las sufragistas hasta ahora, han protagonizado su cambio. Mientras, nosotros nos hemos quedado rezagados. Unos, anclados en la comodidad de la jerarquía de los modelos pasados. Otros, siguiendo el ritmo de sus cambios como buenamente podemos.

En el encuentro sincrético del fin de semana, salían a la luz otros aspectos que me interesan mucho más. Por una parte, cómo ellas siguen asumiendo la “supervisión” o la “responsabilidad” de las tareas de intendencia familiar y nosotros, lo relativo a la economía. Básicamente porque continúan latentes los roles que hemos mamado y la presión social. Por otro, que nosotros continuamos perdiéndonos todo lo relacionado con la comunicación de los sentimientos y las emociones, que permanecemos anclados en la competitividad, en las miles de formas que hemos inventado para medirnos el pene: la cilindrada del coche, el fútbol, la nómina, el cargo…

Por el camino, muchas han perdido el norte del desarrollo y la igualdad, extraviándose por los laberintos de las luchas de poder.

Así las cosas, no deja de ser significativo que un encuentro de estas características parta de la iniciativa de un colectivo de mujeres. Me cuesta imaginarlo promovido por hombres, aunque sólo sea entre nosotros, para repensar qué ha sido de nuestro rol, hacia dónde va o queremos ir.

Todos, resumiendo, seguimos obstinados en ese viejo debate de los géneros y las relaciones entre sexos, olvidando que, quizás, la cosa no vaya más allá de ser simplemente personas: seres autónomos, emocionales, creativos, capaces, independientes… y, por supuesto, con el legítimo derecho a sentirnos perdid@s en cualquier tormenta.

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