Que corra el aire

Después de años de encierro, un día logró abrir la puerta y las ventanas chirriantes para que corriera el aire, refrescar el ambiente e intentar secar las humedades que dejó el largo período de aislamiento.
Fue entonces cuando empezaron a volarse los papeles amarillentos, impregnados de carcoma y viejos recuerdos.
La corriente afloró alergias olvidadas y permitió la entrada a un variado pasacalles, veces esperpéntico, veces divertido, sorprendente.
Personajes solitarios enredados en la ausencia de su propio afecto; arreglavidasajenas que enterraban tras los otros sus muchas dudas pendientes; abrazos sin compartir que aguardaban ahí mismo, a unos pocos pasos de su puerta cerrada; heroínas de teclados trasnochados…
Personalidades que antes sólo se atrevió a prejuzgar tras la protección distante de su ventana cerrada; historias que nunca vivió, que se resistía a mirar de cerca, que no se autorizaba escuchar… 
Ahora, ahora sí tomaban color, sonido, calor y afecto.

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