Oleajes cotidianos



Los relojes fichaban las ocho en punto cuando se dispuso a abrir la puerta de su despacho. Una gigantesca ola de expedientes se abalanzó sobre ella, empapándola de procedimientos.

Reaccionó con la rapidez y habilidad necesarias para nadar hasta el salvavidas  más próximo: el primer café humeante y oscuro de la mañana.

Pasados unos minutos, no le quedó otro remedio que regresar a su oleaje cotidiano. Aguantó la respiración y se sumergió con éxito bajo la espuma rabiosa de actos administrativos, informes y oficios que rompían agitados contra las orillas de su escritorio.

Sujetando con fuerza el teclado, aprovechó la corriente hasta lograr mantenerse en pie, deslizándose sobre series continuas de carpetas y boletines que la  arrastraron a la orilla de las once de la mañana: una cala de bocadillo, café y conversación distendida con compañeros de oleajes cercanos.

Con el neopreno ya desgastado volvió a lanzarse, esta vez de cabeza,  para atravesar de un tirón aquel océano infinito, cruzado de corrientes contradictorias e intereses contrapuestos.

Al dar las tres, ya había logrado abrirse una ruta con vientos favorables entre mares  inhóspitos, que la llevaban de vuelta a su tierra prometida. Cerró la puerta y dejó atrás la maresía, aquella mezcla de salitre y tintas de impresora. Al menos hasta mañana.


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