Batalla de símbolos

Obligan a quitarse el velo a una niña para poder acceder a su centro educativo de Pozuelo de Alarcón, Madrid (leer más y más).
Tremendo eurocentrismo caduco. Construyen un discurso paternalista para, al fin y al cabo, homogeneizar, uniformar a la población, vendiendo semejante artimaña como estrategia integradora. Patrañas. En la integración no puede haber vencedores ni vencidos, es preciso fusionarse, contaminarse a partes iguales.

Los prejuicios, la desconfianza entre culturas es inevitable. Para quienes estaban y para quienes llegan, no lo olvidemos, a cumplir también una función socioeconómica en el Estado receptor. Vender la prohibición de símbolos como  salvación, atracción y/o extensión del progreso es, sencillamente, un timo.

Ya conocemos que la CE garantiza, de aquella manera, el derecho al trabajo y a la vivienda, asegura la igualdad ante la ley… por lo que sabemos del esfuerzo  que requiere la interpretación de sus metáforas y parábolas. Dicho esto, recordar que su artículo 18 recoge el derecho a la propia imagen. Y el 16, los de libertad ideológica, religiosa y de culto. 

No se trata de permitir la ablación ni ningún otro ritual violento, castrante. El velo no es más que la manifestación externa de una creencia ¿Van a impedir también que entren con crucifijos a los centros educativos? O, lo que sería aún más ridículo, ¿pretenderán abortar la exteriorización estética de pertenencia a cualquier grupo, tan propia de la adolescencia?

Dirán que el velo es símbolo machistas y de sumisión de la mujer. Cierto. Pero, ¿acaso la religión católica no es también machista, menosprecia a la mujer, la ningunea y adoctrina en su sumisión?

La prohibición no resulta habitualmente el método más efectivo para la desaparición de hábitos, tradiciones ni ideologías.

Es por eso que alrededor de todo este debate merodea un tufo totalitario que se me antoja francamente tóxico. 

Enjuagues bucales

Si nos besáramos más y nos apuñaláramos menos, si perdiéramos el miedo a sonreir o fuéramos capaces de convertir en complicidad lo que ahora es desconfianza…

De ser así, todo el mundo se lavaría los dientes, hasta se extendería el uso de los enjuagues bucales y cualquier otro mejunje que combatiera la halitosis.

Atajos

Subía y bajaba aquellos escalones desde que tenía memoria, aunque siempre le parecía que estrenaba escalera.

Los peldaños se le presentaban relucientes, sin arañazos ni erosiones. Sus tobillos conservaban el temblor de la duda a cada paso. Y jamás perdía la emoción, la sorpresa por lo que podría descubrir, observar o sentir en el tramo siguiente.
Por eso nunca pillaba el ascensor y evitaba las escaleras automáticas.

Oleajes cotidianos



Los relojes fichaban las ocho en punto cuando se dispuso a abrir la puerta de su despacho. Una gigantesca ola de expedientes se abalanzó sobre ella, empapándola de procedimientos.

Reaccionó con la rapidez y habilidad necesarias para nadar hasta el salvavidas  más próximo: el primer café humeante y oscuro de la mañana.

Pasados unos minutos, no le quedó otro remedio que regresar a su oleaje cotidiano. Aguantó la respiración y se sumergió con éxito bajo la espuma rabiosa de actos administrativos, informes y oficios que rompían agitados contra las orillas de su escritorio.

Sujetando con fuerza el teclado, aprovechó la corriente hasta lograr mantenerse en pie, deslizándose sobre series continuas de carpetas y boletines que la  arrastraron a la orilla de las once de la mañana: una cala de bocadillo, café y conversación distendida con compañeros de oleajes cercanos.

Con el neopreno ya desgastado volvió a lanzarse, esta vez de cabeza,  para atravesar de un tirón aquel océano infinito, cruzado de corrientes contradictorias e intereses contrapuestos.

Al dar las tres, ya había logrado abrirse una ruta con vientos favorables entre mares  inhóspitos, que la llevaban de vuelta a su tierra prometida. Cerró la puerta y dejó atrás la maresía, aquella mezcla de salitre y tintas de impresora. Al menos hasta mañana.


Tu boca

«Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mi como una luna en el agua.»
Julio Cortázar. Rayuela. capítulo 7