Crías de pato

Las crías de pato siguen a la pata. O a lo primero que vean moverse tras salir del cascarón. Esa impronta tenía un nombre que, aunque estoy seguro memoricé para algún examen, ya olvidé.

A mi generación la amamantaron con el catolicismo. Todo era dios, único y omnipresente. Por todas partes había sotanas y casi todo era pecado. Hasta que descubrimos qué rico era el pecado y aparcamos al dios inculcado.

Pero nadie aguanta mucho rato sin aferrarse a algún sustituto, deambulando a solas por el Universo.

Los hubo que se abrazaron al rock & roll, las drogas y sus derivados. Memorizaron letras en idiomas diversos, ritmos repetitivos que danzaban meneando sus largas y no siempre limpias melenas.

Otros, producto del período de cambios políticos, adoraron a la diosa revolución. Hasta que, como los de Pancho Villa, terminaron por decir que Viva, pero que no viva tan lejos.

Los hubo también que, decepcionados tras numerosos intentos, rebuscaron por mundos recónditos cargados de esoterismo. Vivieron la vida de la forma más sana e inocua posible, dándole sentido con su mera prolongación.

La mayoría, de una forma u otra, se aferró al señor de las cosas. A ése que dicta el único mandamiento de la acumulación de bienes, de objetos que no se sabe bien para qué sirven, si facilitan la vida o sólo la llenan de botones y radiaciones electromagnéticas. Esa fe en la felicidad cosificada. En medir la bondad de las cosas atendiendo a las cifras de su factura. A vivir para trabajar. A trabajar para tener.

En estos días, sobre todo esta semana, presenciamos la elevación a los altares de un nuevo Mesías. Uno que ha hecho confluir en su persona la esperanza de millones de anhelos. Todos hemos oído, visto y leído infinidad de interpretaciones y análisis minuciosos hasta la paranoia. De su discurso, de su vestimenta, del más ínfimo de sus gestos… No añadiré ni una letra más al respecto pero, la verdad, chiquito papelón el de Obama.

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