Algo que aprender (?)

Acudí al estreno de Algo que aprender, el nuevo cortometraje de Digital 104, escrito y dirigido por María Eugenia Arteaga, porque en la presentación a los medios de comunicación me gustó el ambiente que se respiraba entre ellos y la coincidencia de todos en resaltar cuánto habían disfrutado con el trabajo. Me apasionan las historias contadas en poco espacio, con pocas imágenes o palabras, y me picaba la curiosidad por descubrir qué nos quería contar aquella joven a la que le temblaba la voz en la rueda de prensa. Una joven que, con ésta, firma ya su séptima película. Por eso no dudé en acercarme al Price.
Es una historia fresca, de dos desconocidos que entran al trapo de las fantasías sexuales sin preámbulos. Algo tan habitual por esos chats del ciberuniverso en los que se refugian millones de soledades. Habla de vacíos, de pasiones y deseos no racionalizados, no aceptados por el discurso moral, pero tan reales que afloran desde que nos los permitimos. Aunque no siempre seamos capaces de digerirlos.

Los dibujos de Adrián Miguel Delgado son el hilo conductor perfecto. No en vano el ilustrador se llevó un largo aplauso de la sala que, para asombro de propios y extraños, estaba repleta de público.

De todas las secuencias, me quedo con dos miradas de Pape Monsoriu. Una, frente al espejo, sin reconocerse en aquel encuentro sexual furtivo. La otra, al volver a casa, tumbada sobre la cama en posición fetal. El vacío.

Barrio (1)


Su universo infantil era una enorme pendiente de la que colgaba un bullicioso barrio. Rebosaba de casas, crecidas junto al puerto, que daban cobijo a las familias de los trabajadores que habían llegado de todas partes de la isla. Unos construían barcos. Otros los cargaban y descargaban. Algunos desaparecían en ellos durante meses, para volver oliendo a sal, con la piel seca y la mirada perdida.


Eran gentes ruidosas las que ocupaban aquellas cuestas. De las que gustan celebrar efusivamente sus alegrías y dedicar llantos sonoros a sus tristezas.


Hasta bien avanzada su primera década, aquellas calles populosas eran un misterio para él. Pasaba los días jugueteando en el interior de su casa. Entre el sótano y la azotea, desde donde divisaba todo el cielo que era capaz de imaginar. Trepando a los miradores más altos, dirigía tripulaciones de fieros bucaneros. O pegaba tiros desde caballos salvajes a lo primero que se moviera. Todo dependía de la temática de la película del último sábado.


Desde aquellos miradores, por el camino de ida y vuelta al colegio o al salir para algún recado, observaba las escenas de la calle, que no dejaban de ser un espectáculo ajeno, como una de las películas de cualquier tarde ociosa.


Había personajes de todo tipo. Hombres de rostros siniestros, mujeres gritonas, niños que daban balonazos entre los coches… Algunos con perfiles peculiares, como el hombre del carro de las golosinas, que vivía en una casa sin tejado, entre gallinas y cabras. Al que le gustaba dirigir el tráfico en el cruce de la iglesia. Y el hijo retrasado de la señora de los merengues. Un hombre mayor que siempre fue niño. Los dos se reunían para demostrarse a sí mismos que el otro era el diferente, pidiendo la opinión de los transeúntes.

(continuará…)