La receta

Para empezar, coseche el amor de su propia huerta. No lo compre precocinado, mucho menos en grandes superficies. Sacúdale las cursiladas y la tierra, al tiempo que le quita gusanos y otros prejuicios. Como lentejas, revise uno por uno cada momento, mondando las rutinas y otras piedras. Deshoje los silencios y, con abundante agua, cepille lo que puedan tener de incomodidad y desencuentro. Arranque de cuajo las necesidades de posesión y ponga en un recipiente aparte todos sus miedos. Con un buen rallador y mucho esmero, haga trizas las diferencias; hay que hacerlas digeribles, ya que son inevitables. Después de bañarlo en abundante afecto y transparencia, alíñelo todo con buen sexo y pasiones prensadas en frío.

Ya está listo. No queda más que servirlo. Al gusto, por supuesto. Cómalo a mansalva. Métase un atracón o consúmalo en pequeñas dosis. Frío o caliente, como prefiera. De cualquier forma estará bueno.

Que aproveche.

alegrías difusas

A primera hora me dio por buscar el certificado de retenciones para contrastarlo con el maldito borrador. Encontré uno que decía que gané menos de lo que Hacienda aseguraba. Tremendos saltos de alegría que di. Hasta descargué el programa e hice los cálculos para comprobar cuánto me iban a devolver. Ños, una pasta. Tan contento me puse que llamé por teléfono para contarlo. Necesitaba compartir tanta dicha. Fue justo entonces, al contarlo, que volví a revisar el certificado y comparar las cifras. Puaf. En ese momento la fecha me saltó a la cara. No era el del año pasado.

De vuelta a la realidad, salí a la calle. Quizás para compensar el fiasco, al pasar por un quiosco de la ONCE, me compré un rasca. Invertí 50 céntimos y crucé la calle descubriéndolo con escepticismo. Me equivoqué. Tuve que dar la vuelta. Había salido el 7 que me devolvía los 50 céntimos. Hacía muchísimos años que esa cantidad no me proporcionaba tantas emociones.

Ni lo dudé. Corrí a cambiarlo por otro boleto. Cuando lo tuve en la mano cruce sin escepticismo, convencido de que hacía el idiota, que definitivamente había malgastado mi primer golpe de suerte. Que estuve a tiempo de no tirar el dinero, de recuperar lo que me había gastado en ese arrebato de creerme que, de pronto, algo externo me resolvería la vida.

Reanduve mis pasos. Otro siete me hacía ganar un euro. Doblaba lo invertido.

Dispuesto a todo, me la volví a jugar. Pillé un boleto más caro y aposté la totalidad del premio. Tras recibir las instrucciones detalladas de la vendedora, me alejé rasca que te rasca, otra vez íntegramente incrédulo.

El premio podía ser mayor, pero la dificultad también: Necesitaba tres sietes en raya. Imposible.

Una vez más me equivocaba. Los conseguí. Las manos me temblaban, pero logré descubrir el importe de mi premio. Otro euro. La suerte estaba conmigo esta mañana. Ya era hora, la verdad.

Aunque la sensatez me murmuraba que atrapara el euro y corriera, caí en la tentación ludópata de volver a arriesgarlo todo.

Esa vez fue la definitiva.

Aplaudir para trabajar

Una plaza de toros abarrotada. Miles de personas ondean banderas azules. Aclaman a un líder de traje impecable y maneras confusas. 2.500 de los aplaudidores son inmigrantes, probablemente ni siquiera tienen derecho a votar en las elecciones europeas. Muchos de ellos agitan pancartas de amor incondicional a Camps de forma casi profesional. O, al menos, con la esperanza de llegar a tener una profesión. A cambio de su efusiva entrega les prometieron un empleo. No se lo dieron.

El espectáculo lo organizó, ni más ni menos, que el mismísimo conseller de Inmigración.


Lo contaba el periódico Público el pasado fin de semana.


Empresarios de cartón

Claro que no hace falta irse tan lejos, a la Península, para encontrarse empresarios del tres al cuarto. Ayer mismo, Canarias Ahora publicaba una noticia similar, de un inmigrante sin papeles lesionado mientras realizaba trabajos ilegales para un empleador de estas ínsulas.

Yo también me los he encontrado. ¿Quién no? Estos días, precisamente, me confirman que los mismos chorizos que ya me habían hundido una web acababan de redoblar su honestidad y sentido de la dignidad empresarial robándome un proyecto de revista.


Pero claro, que hasta para ser macarra hay que ser inteligente. Porque no basta con plagiar, es imprescindible saber hacerlo. Y no puedes editar una revista de relatos si escribes con el culo. Mucho menos si cometes atroces faltas de ortografía.

Yo, como siempre, dormiré tranquilo, seguro de mi capacidad para crear nuevos y mejores proyectos. Éllos, en cambio, continuarán dependiendo de sus robos y estafas para poder seguir adelante.

Para algunos, la dignidad vale menos que el brazo de un inmigrante. Otros hasta la cambian por un triste porcentaje de beneficios dudosos. Lo dicho, qué miseria.

PD.
Disculpa Psicótica. Te prometo que mañana vuelvo a mis fantasías, que esta gentuza tiene la realidad hecha un asco.

Empresarios de harina

Cruzó el Atlántico en busca de su pedazo de paraíso. Lo que encontró fue una panadería de Valencia donde tenía que trabajar 12 horas diarias para cobrar 23 euros. A menos de 2 euros la hora.

Después de casi dos años entre harinas, una de aquellas máquinas de amasar le arrancó un brazo. El ejemplar empresario español se lo tiró a la basura. Con él hizo casi lo mismo, pero en las proximidades de un hospital con su hombro ensangrentado. Antes le obligó a prometer que no contara nada de lo sucedido, que por ningún motivo lo nombrara ni hablara de su empresa.

Lo lamento, pero esto no es un cuento de ésos que a veces invento y escribo por aquí. Es la mísera realidad: LEER MÁS.

Soledad

No esperaba a nadie. Aún así, cuando llamaron a la puerta no sospechó ni tomó precauciones. Abrió de par en par y entró ella. Había cambiado de rostro, de nombre y de estilo, pero su sensación era la misma. Inconfundible.

Se le coló en una bocanada profunda, hasta instalarse en la misma entrada de su estómago, desde donde extendió su halo de inseguridad por todas las vísceras.

Intentó sacudirla, quitársela de encima.
Con el cúmulo de fracasos, removió viejas estrategias.

Buscó imágenes placenteras que se esfumaban en segundos.
Ahogó en carcajadas los alaridos de sus tripas.
Se abalanzó sobre la intrusa sin el menor respeto.



Volvió a sonar la puerta. Esta vez sí abrió cubierto de temores.
No había nadie al otro lado.
Cuando cerró, ella ya estaba dentro.

Se hundió entre los cojines del sofá, completamente solo.
«Deberías irte«, dijo en voz alta.
Demasiado tarde. Ella ya había decidido quedarse.

Lo de siempre

Ocurrió eso, lo habitual. Que menos de la mitad del electorado decide por todos.

Eso no evita que los ganadores por los pelos lo celebren como si hubieran arrasado. Tanto, que se sienten legitimados para pedir la cabeza del presidente.

Si tuvieran razón, ¿qué debería de hacer Paulino Rivero con los 91.000 tristes votos obtenidos por Coalición Canaria?

Y el PP gana en Canarias. En Gran Canaria, donde gobierna el PSOE en el Cabildo y el ayuntamiento capitalino. También en Tenerife, feudo de ATI-CC. Esto quitará el sueño a más de uno. A mí tampoco me entusiasma, la verdad.

Rosa Díez es de chiste. Saca un escaño y lo exhibe como prueba de que se convertirá en la alternativa a PP y PSOE. Hay gente con la autoestima por las nubes.

Una curiosidad numérica:
PP = 6.614.945 votos (42,23%)
PSOE = 6.032.437 votos (38,51%)
IU = 583.700 votos ( 3,73%)
PSOE + IU = 6.616.137 votos (42,24%)

Salvando las distancias, claro está.