frente a frente

Quizás el problema sea el de siempre: inventarnos a los otros como nos gustaría que fueran o, por rizar más la cosa, adjudicar al prójimo todas aquellas presuntas virtudes que deseamos tener. Sea como sea, la metedura de pata en estos casos está en inventar.
En el fondo tiene su lógica, pues siempre intentamos controlar lo incontrolable, buscar explicaciones a todo lo nuevo que nos encontramos. Nos da una falsa sensación de seguridad.
Como al describir extraterrestres, que siempre acabamos mezclando animales y plantas conocidas con rasgos humanoides, en el día a día, vemos a fulanito que nos recuerda a menganito, conocemos a alguien nuevo y lo encajamos en nuestro bestiario particular, enfrentamos situaciones novedosas analizándolas con herramientas acumuladas en viejas experiencias…
Claro que, más tarde o más temprano, todo se desenmascara. Poco a poco comienzan a ser ellas mismas, personas o situaciones con identidad propia, y rara vez tienen algo que ver con nuestra expectativa inicial.
Más tarde o más temprano, decía, y ésa es otra de  las claves del asunto, porque en ocasiones las ubicamos cuando ya son muchos los lazos tejidos, que nos unen, nos atan o nos asfixian.
Una vez aquí, puestos a salir de ellas, cuando descubrimos que no son de nuestro agrado, no siempre encontramos la puerta de salida adecuada o, peor aún, buscamos excusas para seguir viendo al personaje que, al principio, describimos al gusto y antojo de nuestras peculiares y cambiantes necesidades.

Los parches permiten rodar unos kilómetros más, aunque la rueda no gire ya del mismo modo. La bicicleta nunca vuelve a ser la misma.

Otro problema –ya puestos- es si, tras las máscaras que inventamos, terminan apareciendo siempre los mismos personajes. Ya nos vale.

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emociones tóxicas

Extraña emoción ésa del odio. No sé si alguna vez la sentí. Conozco la rabia, la frustración, la ira, la impotencia… y otras muchas poco recomendables, pero el odio se me escapa. Quizás sea por puro gandulismo, porque siempre lo imaginé un sentimiento pesado, un lastre que daña más a quien lo carga que a quien lo recibe. Ni siquiera la prohibición católica me invitó a probarlo. La rebeldía no me pudo tanto.
Aunque muy de vez en cuando aparece alguien que me hace entender los boleros, jamás comprendo esas canciones desgarradas que hablan de rencores eternos y odios viscerales, presuntamente por amor. Hay contradicciones a las que, sencillamente, no alcanzo.
Por más vueltas que le doy, no lo entiendo. El egoísmo, por ejemplo, es el motor de las mayores ruindades que azotan desde siempre a esta humanidad nuestra, pero conserva el instinto de autoconservación, exagerado por definición. El odio, en cambio, lleva a sus portadores a autolesionarse, a sacrificarse a sí mismos o a quienes, se supone, más quieren en un afán patológico de machacar a su contrincante.
Si hay que ponerse de mal humor, práctica poco aconsejable aunque muchas veces inevitable, yo prefiero la indiferencia. Siempre me resultó más  cómoda y ligera, prima hermana del olvido. Qué rico el olvido, tan higiénico él, como decía Benedetti.