Retrato de familia

La abuela reza de rodillas, entregando su alma y su vida a imágenes de cartón piedra que le señalan el camino de otra existencia sin penurias.

El abuelo dedicó su juventud a cambiar el mundo, defendiendo ideologías y banderas que sigue rumiando hasta el final de sus días.

El padre, en cambio, invierte todos sus esfuerzos en amasar dineros y sacar brillo al apellido.

La madre atesora colecciones interminables de electrodomésticos, con los que aspira, tritura y congela sus adversidades.

El tío cambia de trabajo cada año. También de domicilio, de país y de familia.

El primogénito se enfunda la fortuna paterna en ropas de marcas y coches de diseño.

La hija retoma el testigo del abuelo y lo reinventa salvando ballenas en océanos helados.

El nieto mayor busca en el sexo la salida de sus laberintos.

La nieta escarba en filosofías lejanas y técnicas de posturas complejas, interpreta el universo combinando números y azares.

El pequeño se oculta tras una trinchera de libros, protegido por su bata blanca, blandiendo una enorme calculadora.

Sentados a la mesa, todos se miran, festejan y callan.

TEA, sin artículo


Visité TEA antes de lo que tenía previsto. Pretendía evitar las colas y aglomeraciones tan habituales en estas islas ante cualquier inauguración. Sea de lo que sea. Pero resultó que una agenda cultural me jugó una mala pasada, convocando un acto en lugar y hora equivocados, por lo que me vi por las inmediaciones del nuevo recinto con los planes del domingo rotos.

Así fue que, como cantaba Aute, pasaba por allí, no había tumultos en la puerta y no lo pude resistir.

Al entrar comprendí la ausencia de riadas de curiosos. Pese al eslogan «ahora abre para todos«, la entrada no es gratuita.

De lo visto, prefiero el continente al contenido. Pero ya saben, sobre gustos, arte y estética todo es opinable y discutible. Tengo debilidad por algunos edificios y la primera impresión que me quedó de éste es muy buena. Mejor el interior que el exterior, sin duda. Quiero volver, también porque sus espacios invitan a estar, a caminar, a observarlos y atravesarlos, a descubrir sus muchos ángulos.

Aunque, a 2,5 € la entrada de residente, no sé si me saldrá rentable este rejo esteta que me he dejado crecer.

Sueños compartidos

 

Se lo pegó al pecho, abrazándolo con todas sus fuerzas. Cerró los ojos y visualizó cada uno de los deseos más íntimos que anhelaba compartir con él: casa, convivencia, viajes…

Pasados unos días, se enteró por la prensa. Cambió radicalmente de planes. Corrió en su busca, lo agarró entre los dedos y lo partió en mil pedazos antes de lanzarlo a la papelera.

No contenía la combinación ganadora.

 

progresos


Cuando aquel extranjero llegó a la isla quedó maravillado. Tanto, que decidió instalarse en sus costas.


Al poco tiempo pensó que aquel lugar podría enamorar también a otros viajeros y puso en marcha su plan: compró unos acres de tierras que los nativos siempre habían usado para cultivar alimentos. Él, en cambio, los sembró de alojamientos.


Con algo de difusión y el boca a boca, no tardó en colgar el cartel de «completo».


El éxito de su primera aventura le animó a hacerse con más y más fincas. Y a contratar a nativos para que atendieran sus establecimientos. Éstos aceptaron, porque sin fincas ya no tenian trabajo. Ni comida, que ahora compraban en los barcos, los mismos en los que llegaban los turistas.


Los aposentos para visitantes crecieron. Coparon más y más fincas, barrancos y montañas. Por supuesto, playas. Todas las que había las colmó de puertos y apartamentos. Y cuando ya no quedó ninguna, echó arena en bahías donde antes sólo había piedras para, seguidamente, acorralarlas de más edificios y muelles. No dejó paisaje sin atravesar con cables y autopistas. Ni montes sin carreteras, que saturaba de guaguas y más guaguas, con más y más visitantes.


A todo esto lo llamó «progreso».


Pero a medida que aumentaba su «progreso», disminuía la fascinación de los visitantes que arribaban a la isla. Ya no encontraban las emociones, los paisajes, los sonidos ni los olores que iban buscando desde tan lejos.


Poco a poco dejaron de llegar. Con el tiempo se fue hasta el primer extranjero. Desapareció, dejando tras de sí su progreso. Y a los nativos, que ya no tenían fincas ni trabajo ni barcos ni alimentos.


días

 

Vivo en era de espirales concéntricas

De giros discontinuos a velocidades variables.

Días de vértigos y otros mareos.

Las ratas, resabidas, me adelantan por sus laberintos grises.

Las olas me zambullen y voltean en la eufórica marejada de noviembre

Yo me dejo arrastrar
Confiado
Seguro de la existencia de una orilla.

mapas

Aznar se enemistó con media Europa y metió al Estado español en una guerra imperialista, de espaldas a la ONU, con el propósito de darle un lugar en el mapa mundi. Eso dijo él. Su puesta en escena, todos sabemos de que forma tan explosiva y lamentable acabó.

Zapatero cumplió la promesa que le dio tirón electoral. Sacó al país de la guerra y se ganó la enemistad del gobierno Bush. Pero, miren por donde, aunque el saliente jefe del Imperio ahora no quiera invitarlo a arreglar su maltrecho capitalismo, resulta que los candidatos a la Casa Blanca dedican minutos de sus debates televisivos a hablar de ZP y del Estado español. Aunque sólo sea para tirarse en cara que no saben dónde está ni quién lo preside.

Por si fuera poco, hasta en uno de los muchos vídeos de campaña presidencial que circulan por Internet, los Republicanos intentan desprestigiar a Obama presentándolo como becario de Zapatero. Casi nada.

Obama – McCain, McCain – Obama. Como cantaba Carlos Puebla, “a mí me parece Ford lo mismo que Chevrolet”.

Resulta sorprendente la campaña que hemos padecido por estos lares en pro de Obama. Ya desde el inicio de la primarias en el Partido Demócrata. Y no sé si la simpatía generalizada por el candidato afroamericano es el resultado de semejante vapuleo mediático, porque el dato de que pueda ser el primer presidente no blanco de EEUU de Norteamérica tampoco resulta excesivamente relevante. Como ejemplo, la todavía secretaria de Estado Condoleezza Rice. Su condición de mujer y negra no ha dado ninguna orientación política que la diferencie de cualquier rubito de ojos azules que haya ocupado ese cargo.

Que los presidentes no son más que meros títeres de las multinacionales y los intereses económicos que los financian, es algo que se ha repetido y demostrado hasta el hartazgo. Precisamente, Barack Obama viene batiendo records de recaudación para su campaña. Por lo que, mucho me temo, con sus decisiones en el despacho oval tendrá que dar buena cuenta de hasta el último de esos centavos.

Gane quien gane, los marines no dejarán de interferir en cualquier parte del planeta para defender los intereses de sus empresas; sus industrias seguirán lanzando basura al espacio y desertizando el Amazonas; profundizarán en la explotación de mano de obra barata allí donde más barata la encuentren; apoyará a Israel en su machaque a Palestina; a Marruecos contra el Sahara… Continuarán invadiendo el planeta con sus productos, y nuestras cabezas con su cultura.

Mucho me temo que, para bien o para mal, por ahora, todo va a seguir igual.

cuestión de tiempo

Ese día volvió a llegar excesivamente temprano al salón del aeropuerto. Así que tuvo tiempo de sobra para leer la prensa y analizar al paisanaje que deambulaba por la zona, maletas en ristre. Y hasta para dejarse flotar entre los dibujos que decoraban el techo de la estancia, a bordo de los más disparatados razonamientos.

Tenía la estúpida costumbre de ser puntual. Obsesionado con organizar su tiempo y prevenir los posibles imprevistos que pudieran demorar su llegada en hora a la cita, siempre erraba en el cálculo y se adelantaba quince minutos. El margen de error era constante.


Le había calado hondo aquello de la falta de consideración que supone llegar tarde. Tampoco era persona especialmente sociable. Por eso, cuando iba a algún lugar era porque realmente le interesaba. De lo contrario no salía de casa. Por el mismo motivo, jamás esperaba más de un cuarto de hora por nadie. Si la persona citada se retrasaba más de 15 minutos, se iba sin dar explicaciones.


Este mal hábito había derivado en más de una mala cara. Sobre todo cuando la cita tenía lugar en la casa de la otra parte. No a todo el mundo le agrada que llamen a la puerta los comensales cuando aún no está puesta la mesa.


Las divagaciones que le llenaban la espera le llevaron también a la pregunta: “¿Cuánto tiempo habré perdido esperando?” Sin dudarlo un segundo, se concentró en el cálculo. «En cada ocasión derrocho 15 minutos. Al llevar y al recoger a los niños: 15 por 2, 30 minutos al día. Al llegar al trabajo: 15 diarios, 75 a la semana. En las dos o tres entrevistas semanales por asuntos laborales: 45 minutos más. En las reuniones de los jueves con los amigos: 15 más. En los almuerzos familiares de cada sábado y en la cena o almuerzo del fin de semana: sumo otros 30. A los dos partidos semanales: y 30 más.»


Eso supone 345 minutos a la semana. A los que debería añadir otros quince por los habituales cumpleaños de los chicos o las salidas al cine, al teatro o a cualquier otro acto cultural al que acudía con frecuencia semanal. Total: 360 minutos semanales.


Seis horas”, exclamó, haciendo sonora su reflexión y rompiendo el silencio de la sala de espera de llegadas nacionales. “Podría invertir ese tiempo en hacerme algún master o asignaturas sueltas de cualquier titulación. O, sencillamente, en tumbarme al sol. O en saborear el café que siempre tomo a sorbos por el pasillo y que dejo a medias en el recibidor de mi casa, precisamente para llegar con quince minutos de antelación a todas mis citas”.


Más perplejo se quedó cuando hizo el cálculo mensual: “24 horas al mes esperando. Pierdo un día entero cada mes”. Tuvo la sensación de que se le escapaba un buen pedazo de vida por culpa de una estúpida obsesión. Una puntualidad que nadie le agradecía y que, de forma sutil y escalonada le robaba una buena porción de existencia. “Las grandes estafas siempre se hicieron peseta a peseta”, recordó. «Con doce días al año podría disfrutar de otras vacaciones».


El panel anunció la llegada del vuelo que esperaba. Puntual. Justo quince minutos después de que él llegara al aeropuerto. Pudo ver como los pasajeros tomaban posiciones junto a la cinta de recogida de equipajes. No la distinguió en el tumulto. Comenzaron a salir uno a uno los viajeros. Se fundían en saludos cariñosos, abrazos amistosos, besos fraternales. Pero ella no salía.


El vuelo desapareció del panel anunciador y ella no apareció. Una hora más tarde se fue solo de vuelta a casa. Esta vez, el vacío de la espera le había succionado unos cuantos minutos de más.