el don de fluir

Hay personas tan tan tan maravillosas, nos fascinan tanto tanto, que para no joderlas, lo mejor es dejarlas pasar.
Existen ritmos que enlazan al primer compás. Otros distorsionan de tal modo que no pasan ni por improvisación ni por jazz. Por mucho ensayo que le eches, no hay manera.
Veces nos emperramos en sincronizar procesos irreconciliables. Y no es derrotismo, aún consciente de las fases habituales de desarrollo de todo grupo (de dos o infinitas personas): enamoramiento, crisis, organización…
Aclaro: las que empiezan y acaban en un polvo, u dos, escapan a esta categoría.
Cuando se llega al esfuerzo de intentar reorganizarse para que todo funcione, la cosa merece un aplauso. Cuando se insiste en varias ocasiones y no se sale del fondo del charco… El asuntito ya no va de ovaciones. Me temo que no. Mejor será reconocer que cada cual baila a su ritmo, que es eso precisamente lo que nos hipnotiza. ¿Qué le vamos a hacer si, al aproximarnos, no somos capaces más que de pisarnos?
Lo dice Drexler en su don de fluir: le gusta verla bailar y hasta que se empeñe en convidarlo, sólo que él sabe bien de sus flojas rodillas.

frente a frente

Quizás el problema sea el de siempre: inventarnos a los otros como nos gustaría que fueran o, por rizar más la cosa, adjudicar al prójimo todas aquellas presuntas virtudes que deseamos tener. Sea como sea, la metedura de pata en estos casos está en inventar.
En el fondo tiene su lógica, pues siempre intentamos controlar lo incontrolable, buscar explicaciones a todo lo nuevo que nos encontramos. Nos da una falsa sensación de seguridad.
Como al describir extraterrestres, que siempre acabamos mezclando animales y plantas conocidas con rasgos humanoides, en el día a día, vemos a fulanito que nos recuerda a menganito, conocemos a alguien nuevo y lo encajamos en nuestro bestiario particular, enfrentamos situaciones novedosas analizándolas con herramientas acumuladas en viejas experiencias…
Claro que, más tarde o más temprano, todo se desenmascara. Poco a poco comienzan a ser ellas mismas, personas o situaciones con identidad propia, y rara vez tienen algo que ver con nuestra expectativa inicial.
Más tarde o más temprano, decía, y ésa es otra de  las claves del asunto, porque en ocasiones las ubicamos cuando ya son muchos los lazos tejidos, que nos unen, nos atan o nos asfixian.
Una vez aquí, puestos a salir de ellas, cuando descubrimos que no son de nuestro agrado, no siempre encontramos la puerta de salida adecuada o, peor aún, buscamos excusas para seguir viendo al personaje que, al principio, describimos al gusto y antojo de nuestras peculiares y cambiantes necesidades.

Los parches permiten rodar unos kilómetros más, aunque la rueda no gire ya del mismo modo. La bicicleta nunca vuelve a ser la misma.

Otro problema –ya puestos- es si, tras las máscaras que inventamos, terminan apareciendo siempre los mismos personajes. Ya nos vale.

emociones tóxicas

Extraña emoción ésa del odio. No sé si alguna vez la sentí. Conozco la rabia, la frustración, la ira, la impotencia… y otras muchas poco recomendables, pero el odio se me escapa. Quizás sea por puro gandulismo, porque siempre lo imaginé un sentimiento pesado, un lastre que daña más a quien lo carga que a quien lo recibe. Ni siquiera la prohibición católica me invitó a probarlo. La rebeldía no me pudo tanto.
Aunque muy de vez en cuando aparece alguien que me hace entender los boleros, jamás comprendo esas canciones desgarradas que hablan de rencores eternos y odios viscerales, presuntamente por amor. Hay contradicciones a las que, sencillamente, no alcanzo.
Por más vueltas que le doy, no lo entiendo. El egoísmo, por ejemplo, es el motor de las mayores ruindades que azotan desde siempre a esta humanidad nuestra, pero conserva el instinto de autoconservación, exagerado por definición. El odio, en cambio, lleva a sus portadores a autolesionarse, a sacrificarse a sí mismos o a quienes, se supone, más quieren en un afán patológico de machacar a su contrincante.
Si hay que ponerse de mal humor, práctica poco aconsejable aunque muchas veces inevitable, yo prefiero la indiferencia. Siempre me resultó más  cómoda y ligera, prima hermana del olvido. Qué rico el olvido, tan higiénico él, como decía Benedetti. 

No es pereza

Hay días en los que me siento como el cuero de un animal despellejado, tendido al sol, atirantado con sogas para curtirse.
Es como si tiraran de mí desde todos mis extremos las muchas obligaciones, las respuestas pendientes, las tiranteces, los compromisos, las provocaciones, lo que se espera de mí.
Días que, a pesar de todo, me resisto, me pliego, como si desde el centro de mi pellejo algo se mantuviera firme, consistente, resistiéndose a la intransigencia exterior. Algo de mí que se toma su tiempo, que me frena, impidiendo que me lance a saciar tanta demanda, que me hace respirar y cohesionarme. Es que, al final, un día no es más que un día y quizás mañana tenga mucho más de mí para repartir.
Aclaro: no es pereza.
La imagen no tiene nada que  ver con lo que escribí pero impacta, ¿no?

decisiones

Hay decisiones intuitivas, ésas que tomamos sin pensar. Porque sí o porque no y ya está.

A otras dedicamos más rato, porque nos va más en la encrucijada o nos sobra tiempo. Al menos eso creemos. Algunas de éstas, al llevarlas a cabo, nos elevan, como sacos de globos nos hacen sentir ligeros, mucho más ágiles, como si ya no dependiéramos del capricho de los vientos.
Otras, en cambio, son decisiones pegajosas. Aunque las hayamos tomado hace mucho, después de contrastar y valorar todas las opciones imaginables, nos resistimos a ejecutarlas. Como chicle en la suela del zapato, queremos desprendernos de ellas pero no hay manera. Decisiones alquitrán que no sabemos si algún día, al fin, nos atreveremos a materializar.